sábado, 3 de octubre de 2009

XIV - Luchar contra lo imposible


El aire del atardecer era un beso helado que se prendía en los cabellos y se escurría bajo la ropa y la armadura, jugueteando con las espinas de los abetos, con los copos de nieve perezosa que lloraban lánguidos en su viaje hacia las dunas blancas. Los árboles de Cuna del Invierno observaban la reunión de los soldados ante Vista Eterna, con sus dedos de hojas púrpuras, verdes y malvas moviéndose en trémulos pasos de baile, tocándose y alejándose, mecidas por el viento del crepúsculo.

Ivaine se apartó los mechones rebeldes de la frente, firme en la fila de combatientes, la mirada fija en Theod mientras hablaba y recibiendo la imagen esquiva, difícil de ignorar, que se encontraba a su izquierda. El Capitán explicaba las últimas órdenes, ellos escuchaban en silencio, en formación, y sólo el quejido lejano de un ave o el gruñido de algún animal en los bosques hacía eco a las palabras de Theod Samuelson.

- Nuestra misión aquí aún no ha terminado. - decía, observándoles. Ivaine sentía los ojos castaños detenerse sobre ella con un brillo más dulce, menos nervioso. - Los demonios de la Garganta Negro Rumor se están moviendo. Desde la Capilla, los superiores nos piden que nos mantengamos alerta y que atajemos el problema si hay un ataque.

Asintieron todos a una, sin hablar. Ivaine se removió, incómoda. En la fila de al lado, el sin'dorei no había apartado los ojos del capitán, sin embargo se sentía observada en cierto modo. Trató de apartar los pensamientos inquietantes de su mente, alojar los recuerdos de una noche de caza en algún rincón de su memoria, pero no podía exorcizar la sensación de una corriente de energía vibrante que resonaba desde el otro extremo.

- La Garganta Negro Rumor es una zona muy peligrosa. Acceder a ella es entrar en una ratonera, y su cercanía con el monte Hyjal la ha convertido en el lugar idóneo para que los siervos de la Legión que sobrevivieron a la batalla aguarden allí, en el terreno corrupto, a ser llamados. - prosiguió el capitán.

Parecía un crío recitando su lección. Cuando sus palabras sonaban, imbuidas de una seguridad casi creíble, Ivaine tenía la impresión de ver a un niño con un disfraz de adulto. No es que Theod fuera un cobarde, pero le faltaba algo... un resplandor. Un brillo sutil. Ese aura de los líderes, esa auténtica convicción, esa plena confianza en uno mismo que hace que los demás confíen en ti. Ivaine estaba acostumbrada a verla entre los caballeros de Stormgarde, sobre todo entre sus primeros jinetes. En Theod no era capaz de hallarla.

- Así pues, no tenemos que atacar. No nos moveremos a menos que ellos no inicien un posible acercamiento hostil. Los cazadores dicen que les han visto moverse cerca del puente, así que lo mantendremos vigilado. Apostaremos allí a dos oteadores. ¿Voluntarios?

Hetmar Grossen, el cazador, se retiró la capucha verde del rostro y dio un paso hacia adelante. Su rostro estaba marcado con algunas arrugas, y la barba hirsuta, castaña, le daba un aspecto algo incivilizado.

- Señor, creo que soy el más adecuado para esta misión.

Theod asintió con un gesto que le quedó realmente infame de tan elaborado. Parecía condescendencia. "Siempre se pone nervioso cuando hay que dar órdenes", pensó Ivaine con cierta desazón. "Ya debería haberse acostumbrado". Sin embargo, un brillo casi malicioso en sus ojos le hizo arquear la ceja cuando le observó repasar la fila, esperando que otro diera el paso para cubrir el puesto que quedaba. Gar'ak, el trol, carraspeó y parecía disponerse a decir algo, cuando el capitán rompió el silencio.

- Albagrana, tu irás con Grossen.

Ivaine parpadeó y miró directamente al elfo, preguntándose por qué le había elegido. Algunos rostros más se volvieron hacia él, pero Rodrith se limitó a asentir con un movimiento afirmativo. Mantenía la mirada del capitán sin expresar emoción alguna.

- Bien... - Theod carraspeó. - Os llevaremos suministros mientras dure la vigilancia.
- ¿Qué haremos mientras los demás, Capitán? - la voz de Berth sonó ingenua como siempre. Ivaine frunció levemente el ceño, tratando de identificar qué estaba pasando. "Aquí hay algo raro", se dijo. El rostro de su hermanastro ocultaba algo, le conocía bien.
- Esperaremos.
- Llevamos esperando mucho tiempo - replicó Gunter Arristan, frunciendo el ceño. - Nuestras armas no se han oxidado porque practicamos entre nosotros, pero creo que ninguno nos alistamos para jugar a los torneos y esperar sentados algo que no llega.
- Estoy de acuerdo. - Vearys Nyghard apenas hablaba. Era un mago silencioso y algo retraído, así que el hecho de que apoyase a Arristan con la vehemencia que lo hizo, llamó la atención de la chica.
- No hay nada que podamos hacer. - zanjó, tajante, el capitán. - Esperaremos.
- Algo podremos hacer mientras esperamos...
- Grossen y Albagrana, partiréis al amanecer. División, descansen. La reunión ha terminado.

Ivaine resopló, siguiendo con la mirada a su hermanastro mientras se dirigía, con la barbilla alzada y el porte de un duquesito consentido, hacia la entrada de la ciudad. No le pasaron desapercibidos los comentarios murmurados en susurros entre algunos de sus compañeros. "Están descontentos".

Berth corrió para ponerse a su altura al verla darse la vuelta y echar a andar hacia Vista Eterna.

- Nos vamos a aburrir mucho.
- Me temo que sí, Lohen - asintió, pensativa.

El chico la miró, con un resplandor de curiosidad en los grandes ojos inocentes. Berth era un buen muchacho. Es cierto que a veces le provocaba una ira irracional que el joven no tuviera el menor reparo en exponer sus debilidades y sus miedos delante de todos, pero por otra parte, le resultaba entrañable. Había llegado a desarrollar un aprecio sincero por él, y no le costaba darse cuenta que el soldado regordete la admiraba de alguna manera y también sentía afecto por ella. Pero eso no era ningún logro. Berth Lohengrin era esa clase de personas que quiere a todo el mundo al instante de haberles conocido, que te miran con perplejidad cuando les gritas y que se sienten heridos cuando les pones la zancadilla... pero aun así no son capaces de sentir hostilidad, por mucho que los maltrates.

- ¿Estás preocupada?
- Puede que un poco... no es bueno que estemos inactivos - admitió, mientras cruzaban las puertas. Una sombra larga, el murmullo de un tintineo de armadura pesada llevada con ligereza pasó a su lado y les sobrepasó en amplias zancadas. Ivaine apretó los puños cuando el corazón le dio un vuelco.
- No te preocupes. Todo saldrá bien.

La voz del elfo resonó, vibrante, optimista y potente, y les dedicó una mirada fugaz, de soslayo, que le secó el paladar y le pegó la lengua a él. "Tormentas en un océano infinito", se dijo absurdamente. El pálpito se precipitó en sus venas, y tuvo que esforzarse en controlarlo.

- Pareces muy seguro.
- Solo hay que plantear alguna actividad hasta que llegue la acción.
- Y sin duda piensas hacerlo.
- Claro. - sonrió, con su hilera de dientes perfectos y esa expresión engreída. "Es tan odioso...".
- Rodrith, ¿como vamos a entrenar ahora? - interrumpió Berth, mientras Ivaine chasqueaba la lengua y se detenía junto a la entrada de la taberna, limpiándose la nieve del pelo y rebuscando en una caja abierta llena de piedras de afilar.

El elfo aguardó. Como si la estuviera esperando. Eso no ayudó a que encontrara la piedra adecuada, de algún modo todas parecían escurrirse entre sus dedos, estúpidos y odiosos también. Se sentía torpe.

- Tendrás que esperar a que regrese, chaval.
- Practicaré entretanto con los muñecos.
- Recuerda que los muñecos no se mueven... no te habitúes demasiado a pelear sólo con ellos.
- Descuida. Si Harren quiere, podríamos practicar juntos hasta que vuelvas.

Ivaine se incorporó, al fin, con su presa aferrada entre las manos con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos, y les miró. Berth sonreía. Rodrith sólo a medias, observándola con ese brillo extraño en los ojos, casi burlón, con un fondo grave e intenso oculto detrás... dioses, el calor le estaba subiendo a las mejillas. "No seré tan estúpida para sonrojarme".

- ¿Estás entrenando a Berth?

Una leve inclinación de cabeza como respuesta, los ojos fijos en ella. Lohengrin les miraba alternativamente, con cara de no enterarse muy bien de algo.

- No me importa cruzar un par de espadas contigo, Lohen. A saber qué esta enseñándote este imbécil.
- A defenderse de mocosas como tú.
- Pues veremos que tal lo hace.
- También te daría clases a ti, si no fuera tan tedioso oír tus quejas constantemente.
- Nadie te lo ha pedido.
- Tu falta de técnica lo pide a gritos.
- Mi falta de técnica no fue un obstáculo para que te rindieras en los entrenamientos, pese a haber ganado. - Ivaine sonrió - Prefiero la falta de técnica al exceso de piedad.

Oh si. Un hormigueo cálido, casi lúbrico, se extendió por todo su cuerpo al verle fruncir el ceño detrás de los mechones de cabello pálido y vislumbrar esa tormenta, hirviendo con el calor del orgullo herido, apretar la mandíbula y atravesarla con los ojos con una mirada violenta. Sin decir palabra, el elfo se dirigió al interior, y Lohengrin parpadeó, fuera de lugar.

- No sé por qué os llevais tan mal - dijo, mientras ella se dirigía al rincón a afilar su espada. - Parece que no podéis vivir sin molestaros.

Seguramente fuera eso. Aquella noche, Ivaine durmió a pierna suelta, sintiéndose más relajada que nunca, con la perspectiva de quitarse de encima por algunos días aquella presencia molesta, tensa y desconcertante que amenazaba con hacerle perder de vista sus objetivos.


jueves, 1 de octubre de 2009

XIII - Mujer

Cuna del Invierno - Décimo día de primavera

"Dioses, dioses, como lo odio, como ODIO esto". Ivaine daba vueltas en la cama polvorienta, gimiendo quedamente, encogida sobre sí misma. El dolor era insoportable. Le parecía que una manada de hurones habían anidado en su vientre, mordiéndole las entrañas y electrocutándola por dentro, tirando de sus tejidos con las fauces cerradas en ellos hasta hacerle saltar las lágrimas. Se cubrió la cabeza con la almohada, rechinando los dientes, cuando alguien golpeó la puerta de la buhardilla.

- Se... se puede?
- ¡NO!¡NO SE PUEDE! - gritó, furibunda. - Dioses, ¿es que nadie me va a dejar en paz?
- Em... disculpa... em... Harren...

La puerta se entreabrió y apareció la cabeza del brujo, con el pelo moreno pegado a la frente y el mismo rostro demacrado de siempre. Apenas percibió su semblante inseguro al verle asomar, y le arrojó la almohada, incorporándose a medias y buscando a tientas objetos contundentes para tirárselos también.

- ¡HE DICHO QUE NO SE PUEDE!
- Pero... este es el cuarto que me asignaron... tengo aquí mis almas y...
- ¡QUE LES FOLLEN A TUS ALMAS! ¡YA LE HE DICHO A ESE MEMO DE THEOD QUE ESTOY INDISPUESTA! - gritó, bombardeando al brujo con todo lo que encontró a mano. Derlen se protegió con la mano lo mejor que pudo. - ¡Dejadme en paz!

La puerta se cerró y se arrebujó bajo las mantas, maldiciendo a todo y a todos en la intimidad de sus pensamientos. No era solo el dolor. Se sentía profundamente desgraciada, al tiempo que terriblemente enfadada, hastiada del mundo, abandonada y a la vez con ganas de estar sola. Todo y todos eran sus enemigos. Y el hecho de escuchar los comentarios al otro lado de la puerta no colaboraba en aplacar su estado. Frunció el ceño, prestando atención.

- Es igual, baja de una vez, Elickatos - Era la voz de Theod. - Harren está indispuesta y hoy no podrá bajar al entrenamiento.
- Pero Capitán... es que mis almas...
- Da igual, puedes luchar sin ellas
- Pero los esbirros...
- ¿Qué le pasa a Harren? - Ese era Arristan, el vejete. Joder, le caía bien ese tipo, pero hoy no era capaz de sentir afecto por nadie.
- Está enferma - respondió Theod.
- ¿Enferma? No habrá contraído nada grave, espero
- Se habrá mordido la lengua y se habrá envenenado

Ivaine reprimió un rugido de ira y golpeó el colchón con los puños al escuchar a Albagrana. Dioses, dioses, dioses, cerrar los dedos en su cuello y estrangularle, arrancarle su maldita cabeza y arrastrar su adorado cabello trigueño entre las heces de los yetis. Solo de imaginárselo se sentía un poquito mejor. Solo un poquito.

Golpes en la puerta.

- ¡Harren! ¿Qué coño te pasa, te has roto una uña o qué?
- ¡QUE TE FOLLEN ALBAGRANA! ¡QUE TE FOLLEN LOS DEMONIOS DEL TORBELLINO HASTA QUE VOMITES SANGRE!

"Será cabrón... y aún se atreve a llamar a la puerta para reírse de mí. Dioses, en cuanto se me pase esta mierda voy a cortarle el pelo al cero. ¡Al cero! Maldito sea por toda la eternidad".

- Estás muy tensa, quizá la que necesita eso eres tú, cariño
- ¡CARIÑO TUS MUERTOS! ¡DEJADME EN PAZ, JODER!
- Albagrana, ve abajo - Theod de nuevo. - No la molestes, está enferma, ¿de acuerdo?. Vamos a entrenar. Todo el mundo abajo, ya.
- Espera, coño. Harren, ¿Estás menstruando?

Ivaine se quedó lívida bajo las sábanas. Maldito cerdo asqueroso, elfo abyecto...

- Albagrana, más respeto. Y abajo. No pienso esperar más.

Se oyeron pasos por la escalera, pero Ivaine no prestó ya atención. Se sentía demasiado humillada, demasiado dolorida y jodidamente herida. Encogió la cabeza y se refugió en las mantas, temblando ligeramente a causa del dolor, sumergiéndose en el lecho viejo y descosido todo lo que fue capaz.

Odiaba ser una mujer, y en días como este lo odiaba aún más. Se limpió las lágrimas escapadas con rabia, frotándose hasta que se le enrojecieron las mejillas y se revolcó en su autocompasión durante largos minutos, reprimiendo los sollozos y apretando los dientes cada vez que una nueva punzada le asaltaba violentamente. Pues para su desgracia, la feminidad de Ivaine era más que evidente en aquellos días del mes, en los que sangraba abundantemente y se veía sobrecogida por molestias que la convertían en un manojo de nervios. No podía impedir que sus camaradas lo notaran, y aunque la irregularidad de su ciclo le había dado tregua por dos lunas, ahora la marca de su sexo había caído sobre ella con la violencia acumulada del retraso. Acabarían dándose cuenta.

Al cabo de un rato, le dio sed. Asomó la cabeza despeinada y se arrastró penosamente hacia las bolsas, buscando un odre de agua, y lo bebió con avidez, suspirando quedamente. A través del cristal roto del ventanuco de la buhardilla, donde se había refugiado a pasar su particular suplicio, llegaban las voces del entrenamiento sobre la nieve. El griterío le provocó un suspiro de melancolía, y se maldijo de nuevo. Ella tendría que estar ahí abajo ahora, combatiendo con ellos... cumpliendo con su deber y su afición, no ahí arriba, débil, susceptible, blanda de ánimo y físicamente destrozada.

Se asomó para mirarles desde lejos, frotándose la nariz. Notaba una tensión brutal en los riñones, como si un elekk le estuviera pisando la espalda.

- Mira a Theod... que sonriente está, ahí de brazos cruzados - se dijo a sí misma con amargura. - Tan guapo y tan perfecto, tan excelso él, pero tan inseguro. ¿A que no lo parece? Pues lo es.

Volvió la vista, observando el combate de Grossen y Berth. El chico había mejorado mucho con la espada, estaba convencida de que alguien le estaba adiestrando a escondidas. Gros era bueno, muy ágil, como todos los cazadores. Boddli ya estaba descansando en una esquina, su combate había finalizado ya, aparentemente, y en cuanto al brujo...

Ivaine dio un respingo al oír abrirse la puerta y volvió a su nido de colchón sucio y mantas descosidas.

- ¿La luz te puede aliviar esa mierda?

Se mordió los labios, rogando a todos los dioses que conocía y a los que no conocía, que el maldito sin'dorei saliera de la habitación. En respuesta, ellos la bendijeron con un nuevo pinchazo de dolor y la primera oleada de humedad abrasadora entre sus piernas. "Mierda, no".

- Vete de aquí, joder.

Sentía los lagrimones caerle por las mejillas, y era consciente de que su voz había sonado como el quejido de un cachorrillo, pero ahora le daba igual. La sangre le manchaba entre las piernas, y no podía moverse para alcanzar los paños que llevaba en la bolsa sin que el sin'dorei lo viera y supiera lo que estaba pasando. No iba a darle el gusto de jactarse una vez más, aquella burla no la podría soportar.

- Harren, haz el favor de dejarte de gilipolleces y asomar la cabeza. - insistió la voz melódica, mas suave esta vez. - ¿Puede aliviarte la luz o no?
- No quiero tu puta luz, solo quiero que me dejes en paz. - Un tirón en las mantas. - ¡NO!¡JODER, NO!

Se debatió, intentando recuperar los cobertores y cubrirse de nuevo, con la cabeza agachada para que el elfo no pudiera ver sus lágrimas. El sollozo que la sobrecogió, nacido de la rabia y la desesperación, dieron al traste con cualquier intento de disimular, y soltó las sábanas para ocultar el rostro entre las manos. "Dioses... todo está en mi contra".

- Ivaine... no pasa nada. Solo es una menstruación.
- ¿SOLO? ¡QUE TE FOLLEN!
- Vale, te voy a mandar a la druida. Seguro que tiene hierbas y potingues para eso. Pero tú deja de hacer el idiota, ¿vale?
- ¡NO HAGO EL IDIOTA! - exclamó, tirándole la lámpara de aceite de la mesa. Jadeaba, respirando entrecortadamente, y Rodrith se ladeó, mirando pasar el objeto que se estrelló contra la pared, atónito.
- No tienes que esconderte.
- ¡NO ME ESCONDO!
- Todos sabemos que eres una mujer, y las mujeres pasan por esto. Nadie se va a escandalizar y nadie va a creer que eres mas débil porque te salga sangre del coño una vez al mes, ¿te enteras?
- ¡ME ENTERO!
- Pues no me grites
- ¡NO ESTOY GRITANDO!

Albagrana se la quedó mirando, mientras ella se volvía a tumbar y se tapaba hasta el cuello, observándole con rencor mal disimulado. "Joder, con el puto sin'dorei, ahora me viene de comprensivo". Finalmente, el soldado meneó la cabeza y se dirigió a la salida.

- Eh
- Que quieres
- ¿Me traes agua? Es que no me queda, joder, y me da mucha sed. Y no quiero salir de aquí así, y que todos me vean y eso.

Se mordió los labios de nuevo, esperando la respuesta, y cuando le vio suspirar y asentir, no pudo evitar una leve sonrisa a pesar del dolor. La puerta se cerró a su espalda e Ivaine se quedó sola con su feminidad, eso tan misterioso, encantador, extraño y a la vez jodidamente doloroso que se hace patente en las mujeres, sean reinas o soldados, criadas o nobles, una vez al mes, con las mismas consecuencias para el entorno que un huracán descontrolado.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

XII - Fuerzas

Ella las conoce, ella sabe bien que existen. Están en su sangre y en su alma desde el principio de los tiempos, desde que sólo era una niña. Son fuerzas invisibles que fluctúan en el aire y en la tierra. Tiran de las venas con violencia, despiertan los instintos difíciles de discernir, de clasificar o racionalizar.

Corre entre la nieve y pega la espalda al árbol, con la espada vibrando entre las manos, el pulso acelerado y el corazón golpeando con insistencia en su pecho. Escucha el quejido de la quimera detrás de la loma y levanta los ojos al cielo cuajado de estrellas, tratando que su respiración sea silenciosa como los copos al caer.

Irreflexiva, eso se lo han llamado muchas veces. Irracional. En el mundo del hierro y el acero, todos se empeñan en buscar los motivos de sus actos, una luz que ordene los sucesos y justifique algo tan sencillo, tan elemental y tan natural como la violencia. Ordenan la violencia en batallones, la jerarquizan, la dirigen contra lo que se considera necesario y oportuno. Se visten las armas de banderas, las corazas con tabardos que ofrecen un por qué a la sangre que los salpica. Eso es ser coherente, dicen.

Se desliza con precaución, agazapada como una pantera y se escurre hacia las rocas, sigilosa y rápida. Asomando la cabeza, atisba a la presa, que sobrevuela el valle con calma. Un reptil de alas verdosas y ojos penetrantes que se deja sostener perezosamente por las corrientes de aire, destellando bajo la luna clara.

Ella lleva el tabardo adecuado. Tiene el entrenamiento preciso y le han infundido los ideales necesarios, la han envestido con cota de malla, estructuras morales, hombreras de placas y razonamientos muy convincentes. Ella ya tiene la excusa para dejarse llevar por las fuerzas que tiran con ímpetu de su alma, y gracias a lo que le han dado, no necesita pensar. Su olfato quiere deleitarse en sangre, sus músculos, flexionarse en el pálpito agitado de la masacre, sus ojos desean vestirse de rojo hasta anegarse, y no necesita un motivo.

Los pueden buscar si quieren. Pueden analizar qué la mueve, y probablemente encuentren justificaciones convincentes que aplaquen la necesidad de comprender de las almas de los vivos. A ella no le hace falta todo eso.

Se agazapa detrás de la roca, atisbando un movimiento fortuito sobre la copa de un árbol y volviendo inmediatamente la atención hacia la presa que navega en el viento, a pocos pasos del suelo cubierto de nieve reciente. Entrecierra los ojos y se queda muy quieta, inclinada hacia adelante en tensión, preparada para saltar, ajena al frío o al titilar de las estrellas. Sólo ella y la quimera, cuyas garras indolentes están cada vez más cerca.

Cuenta para sí misma. Diez. Nueve. Un tintineo a su derecha. Ocho. Siete. ¿Que es lo que la distrae?. Cinco. Cuatro. Algo se muevo en el árbol. Ya la tiene a tiro. Tres. Dos. Un destello y ramas que se balancean...

Ivaine aprieta los dientes y contiene una maldición, con los ojos muy abiertos, desprevenida. La quimera grazna con furia y cae al suelo, arrastrada por el peso de un guerrero de metal y cabellos ondeantes.

Ve los brazos poderosos que se ciñen al cuello del animal, apretando con intensidad. El destello de unos ojos verdeantes, cortantes y de pupilas diminutas con el fragor de la tormenta, oscuros bajo la sombra del ceño fruncido. El monstruo se balancea y se debate, y un soldado se cierne sobre ella, esquivando las afiladas zarpas, con las rodillas incrustadas en la carne del reptil. Lo domina y lo inmoviliza con resuellos contenidos, y el metal reluce en la noche, desenfundándose con un roce metálico, chirriante y cantarín, antes de segar la garganta del animal y hacer brotar el rojo surtidor.

La sangre mancha la nieve, salpica el rostro del guerrero, que mantiene el brazo extendido con el arma inmensa que parece una prolongación de sí mismo y entrecierra los ojos un instante, ocultando el destello de colores esquivos, verde, azul, gris, de su mirada. El chorro cálido se derrama en su mejilla, gotea por la barbilla e inunda el tabardo cuando suspira con alivio, parpadea y vuelve a mirar a la quimera, que se convulsiona con la muerte que le llega. Ivaine rechina los dientes frustrada.

Ella conoce bien esas fuerzas. Fuerzas extrañas, poderosas e incontenibles, que tiran de los hilos de los vivos sin sentido, sin explicación alguna ni lógica que subyazca a ellas, y que si existe se escapa a su comprensión. Las conoce y las acepta con resignación. Al menos hasta ahora.

La fiera muere al fin, y los ojos del guerrero captan su mirada. Un mar de profundidades insondables se enturbia y se remueve cuando fija la vista en ella, entre las pestañas claras. Ahí están las energías, empujando irrefrenablemente, negando toda escapatoria, cuando se miran bajo el firmamento reluciente.

El pulso de sus venas obtiene una resonancia nueva, también el ritmo de su respiración. Le parece sentir sus ecos al otro lado, donde un elfo ensangrentado la observa, inmóvil, con expresión adusta, probablemente, reflejo de la suya propia. Un rugido extraño se impone en sus oídos y las rodillas tiran de ella, quieren moverse por sí solas e ir a su encuentro. ¿Por qué? No se lo pregunta. Puede que no haya ningún motivo, o que sea el mismo que hace girar los planetas y guía el ciclo de los astros, el que ha enredado sus miradas de sangre y mar.

Puede preveer la colisión. Violenta, dolorosa y que dará lugar a reacciones imprevisibles, que hará que la realidad se tambalee y que todo su mundo tenga aún menos sentido. Después de eso, es incapaz de adivinar nada. Se consumirá, y es consciente, por eso no se mueve. Por eso lucha, aun con la intuición de que todo será en vano.

Él levanta el brazo y se limpia la sangre de la cara. No le hace tener un aspecto menos amenazador, no para ella, que distingue las fauces abiertas de la fatalidad en la imagen del guerrero. No apartan los ojos.

Ivaine no necesita concentrarse para sentir las vibraciones, la corriente de energía irrefrenable y ondulante que parece circular entre los dos. "Sé lo que eres, sé como eres. Te conozco.", se dice por primera vez. Él es la tormenta. Ivaine nunca ha temido la tempestad, pero siempre ha sabido resguardarse de ella. Sabe que puede empaparte, que el olor de la lluvia se mantiene perpetuo durante horas en el ambiente, que el murmullo del trueno hace imposible escuchar nada más, y que cuando se manifiesta, nadie sabe qué puede pasar. También sabe que ella arde, que en su interior hay un violento incendio, y que el agua no la apagará, que el viento puede avivarla hasta consumir todo cuanto la rodea.

Imprevisible. Fuerzas de la naturaleza descontroladas. Quizá sea un pensamiento fatalista, pero qué mas da.

- Era mi presa - dice en un susurro cortante.
- Llegaste tarde. - responde la voz vibrante, átona, resonante. Un latido, un tirón. Toman aire a la vez, se han olvidado de respirar por un momento.
- La próxima será mía.

No intenta parecer desafiante, no intenta nada. Las palabras ruedan sobre su lengua sin que su mente tenga nada que ver en ellas, instintivas, irreflexivas. Se lo han dicho muchas veces. Irreflexiva.

- Tendrás que ser mas rápida.

Él se incorpora, frotándose la nariz y aparta los ojos de ella sólo una fracción de segundo para observar el animal yaciente que aún gorgotea a sus pies. El olor de la sangre se hace patente y se eleva sobre el aroma de los pinos, la roca y la madera. Ella no se mueve, pero baja el tono cuando habla de nuevo, casi en una confesión.

- Soy un depredador - le dice, inclinando levemente la cabeza para mirarle a través del cabello rojizo que le cae sobre la frente. Su visión se enturbia de carmesí.
- Yo también.

El viento se agita, poderoso, y les despeina. Ivaine nunca ha soñado con hombres que la abracen tiernamente, con galantes caballeros o príncipes de cuento. En sus sueños, en realidad, nunca ha habido hombres de ninguna clase. Siempre se ha visto sola en ellos, saltando a través de los riscos, agazapada, con un arma en el cinto y la única frontera de la muerte. Sabedora de su condición, ha buscado la soledad ya que ha asumido esa parte de su destino, ha buscado la emancipación, conocedora de la condena que supone cualquier pequeña cadena. "Tienes que ser fuerte, hija mía. Tienes que ser independiente, Ivaine". Y lo es... porque no sabe ser de otra forma.

Pero él también es así. Se pierde con curiosidad en la inmensidad de los ojos profundos, que la arrastran hacia el interior, y percibe el sabor de las olas y el canto de las sirenas, los brazos sinuosos de la espuma y un precipicio tan hondo como la eternidad. Y da un paso. Inseguro y breve.

La espada enorme cae al suelo cuando él la suelta y acorta la distancia de una zancada, menos insegura y menos breve. Tira de ella hacia el fondo, la arrastra, pero la mira como si fuera ella quien le arrastra a él. Podría ser víctima de un hechizo, pero qué importa. Al verle avanzar, sus propias riendas se tensan, la garganta se le hace un nudo y se da la vuelta, caminando decidida de regreso a la pequeña ciudad.

Siente los ojos del elfo clavados en ella hasta que la ladera pedregosa se interpone entre los dos, y sólo entonces, rechina los dientes y maldice por lo bajo, a todos, a él, a ella, a nadie.

XI - Conversación

Cuando Rodrith salió de la buhardilla, dejando solo al brujo, se dirigieron a la escalera. El rellano era un pasillo rectangular donde, habitualmente, se condensaban los parloteos y la algarabía del piso inferior, pero hoy todo estaba silencioso y las voces no llegaban arriba. Ivaine lo agradeció en su interior, pero no dijo nada. Los ojos verdosos miraron alrededor y ella hizo lo mismo, pisándose las botas con cierto nerviosismo, hasta que finalmente él señaló el rincón con la jarra, donde una ventana semicircular se abría al exterior, acristalada.

Caminó detrás de él, intentando recordar el guión, pero cuando el elfo se apoyó en la pared de arcilla y dirigió la mirada hacia afuera a través del ventanal, agitando la jarra entre las manos, se sintió estúpida otra vez. "No me pregunta de qué quiero hablar. No me insulta. Ni se burla de que esté humillándome así, delante suya. ¿Tanto la he jodido?"

Ivaine suspiró y se apoyó al otro lado, vuelta hacia la escalera. El resplandor de la luna le devolvía reflejos plateados de la cabellera del sin'dorei, y eso era todo cuanto podía ver de él en su posición. Le jodió descubrir que una parte de ella quería encararle y disculparse sin más, así que buscó el término medio.


- Ha sido un combate cojonudo el de hoy. Al menos para mi. - comenzó con voz átona, mientras su vocecilla interior se exasperaba entre bastidores. - La verdad es que me he pasado un poco, así que gracias por no matarme muchas veces.

"Por los dioses, menuda frase". Se llevó la mano a la frente, deseando llegarse a su propio culo para darse una patada en él, pero cuando percibió el estremecimiento en los hombros del elfo y el susurro de una risa breve, silenciosa, una oleada de alivio se extendió sobre su pecho.

- De nada, Harren.


Por un momento, ninguno de los dos habló, y finalmente, Albagrana suspiró y la miró de soslayo, un destello verdoso y una sonrisa sesgada.

- Me lo has puesto muy difícil, pero coincido contigo. Ha sido un gran combate.

Ella sonrió a medias, sintiéndose imbécil por sentirse feliz. Y lo que dijo a continuación la sorprendió a ella misma.

- Deberíamos entrenar de vez en cuando.

"Gilipollas, ¿Te has vuelto loca? ¡¡QUE HACES!! ¿Por qué has dicho eso?". Carraspeó y trató de componer una expresión grave, mientras rezaba a los dioses que no conocía e incluso a los demonios del Torbellino que se la llevaran de allí en aquel momento. O mejor, que se lo llevaran a él. "Coño. Mierda. Estoy zumbada."

- No pienso pelear contra ti ni una sola vez más - respondió él, tajante, volviendo a ensombrecer su semblante.

Sintiendo que no había más que decir, introdujo los pulgares en el cinturón, caminando hacia la escalera con estudiada calma. "Que no se note que estoy huyendo vilmente".

- Oye Ivaine.

Se detuvo como si una cuerda invisible tirase de ella al escuchar su nombre. Pronunciado desde el fondo de un pasillo, por una voz grave y profunda de acento exótico y musical, en la que le sonaba demasiado bonito. Se insultó de nuevo y giró el rostro a medias, dando la vuelta sobre los talones, sin abandonar su postura despreocupada. En el oscuro rincón del rellano, el cabello claro relucía, extrañamente luminiscente en la oscuridad, y entre las facciones dibujadas en la penumbra, los ojos del color del mar despedían una luz suave, inquietante. Que no tenía nada de hermosa, se dijo rápidamente, atajando cualquier pensamiento al respecto.


- Oigo.

La sonrisa destelló de nuevo, pálida entre las sombras, y le recordó una historia que había leído una vez, algo sobre una niña que se perdía y un gato invisible del que solo se veían los dientes, su memoria no era muy buena al respecto.

- A pesar de lo de hoy en el entrenamiento, sigo pensando lo mismo de ti.

Degustó la frase misteriosa, levemente burlona, ladeando la cabeza y sin atreverse a preguntar lo evidente.


- ¿Que soy tonta? - de vuelta al terreno conocido, donde las reglas del juego son claras.
- Exacto.
- Bien, porque yo sigo pensando que eres insufrible. Bueno, ahora más.

Empuja la sonrisa y atrapa el bienestar lejos de la punta de su lengua, sin atreverse a saborearlo. No es divertido. No lo es. La sonrisa baila en la oscuridad, los ojos destellan, cálidos, apacibles y burlones, el cabello se agita suavemente como una cortina de hilo de plata cuando el elfo se cruza de brazos y se apoya en la pared. Puede sentir con claridad el extraño magnetismo, la leve fluctuación de algo denso y vibrante entre los dos. ¿Es cosa suya, o él también lo está notando?


- Me alegra saberlo.
- ¿Puedo irme ya, o quieres que sigamos lanzándonos flores y recitándonos poemas?
- Puedes irte, te doy permiso. - hace un gesto teatral con la mano, como el rey que despide a sus siervos. Ivaine le atraviesa con la mirada ardiente de desprecio.
- Una de dos, o eres imbécil y quieres provocarme, o en el fondo te mueres por que me quede un poco más y sabes que diciendo eso, me irritaré y no me iré sólo por llevarte la contraria. ¿Cual es la respuesta correcta?
- A mi no me preguntes, soy idiota.

Él se encoge de hombros. Ella resopla. Un juego de máscaras, empieza a tenerlo claro, pero no, no es así, no quiere verlo, empuja el descubrimiento y trata de borrarlo de su comprensión. Se caen mal, ella le detesta y él es un engreído estúpido que la molesta por mera diversión. A ella no le divierte. Se enfada. Y punto.


- Anda y que te den.
- Que te den a ti, Harren. Con ese humor es evidente que te hace falta.

Se despidió mostrándole el dedo corazón, ofendida y ceñuda. Como tenía que ser.

X - Derrota

Tras la derrota en el entrenamiento, Ivaine protestó, pero nadie le hizo caso. Theod se negó a concederle la victoria, como era de esperar, y cuando ella le insistió para ser emparejada con Albagrana al día siguiente y terminar lo empezado, recibió una mirada condescendiente.

- Ya has hecho bastante, déjalo. No volverás a luchar con él hasta que no te calmes un poco, Ivaine.
- ¿Que? - entrecerró los ojos, iracunda y temblorosa. - ¡Habría ganado, joder! ¡Déjame intentarlo, te lo ruego, no me hagas esto!
- Mira Ivaine, nunca había visto algo como esto - replicó Theod, mirándola con severidad. Nunca antes le había hablado de esa manera, reprendiéndola, con la decepción pintada en los ojos castaños. - Te has tirado hacia él como si fuera un enemigo, has ido a matar.
- No puedo matarle con una espada sin afilar, coño - se defendió ella, sin comprender de qué iba todo aquello.
- Tú a él no, eso es evidente. ¿Pero es que no te has dado cuenta? Se ha pasado la mitad del combate evitando tus ataques y la otra mitad intentando derrotarte sin aplastarte. ¿De verdad crees que fallaba cuando su hoja se estrellaba cerca de tus pies? Eran advertencias, Ivaine. Le has acorralado hasta el punto de que ha preferido tragarse un par de golpes duros de tu parte antes que hacer los únicos movimientos posibles para derrotarte, porque con ellos podía haberte herido seriamente. - Ivaine parpadeó, perpleja, asimilando las duras palabras de Theod, que parecía casi indignado. - Te has pasado mucho. Y a pesar de todo, cuando ha conseguido zafarse de ti sin herirte, tú insistes e insistes. A veces parece que quieres que te maten.
- ¿Y yo que culpa tengo de que su espada sea una máquina de matar? Yo asumo esa consecuencia - espetó, sin achantarse. - No tengo por qué reprimirme por eso.

Theod suspiró, chasqueando la lengua.

- Es un entrenamiento, Ivaine, no un combate a muerte para declarar tu odio eterno a Albagrana. A mi tampoco me cae bien, pero nunca haría algo así. Le has puesto en una situación muy difícil. Si hubiera sido una lucha seria, estoy seguro de que te hubiera destrozado en el segundo asalto.
- Pues yo no estoy tan segura. Y además para mi era ... - cerró la boca. Apretó los puños, miró alrededor, bajó la cabeza y la volvió a levantar, resopló entre dientes y se marchó a rumiar su descontento.

Ascendió una colina, ignorando las miradas de reojo de sus compañeros, que regresaban a Vista Eterna. Caminó con pasos firmes y desordenados, con el fuego ardiéndole en el pecho y trepándole por la garganta, temblando de ira. "Puta mierda, con el jodido sin'dorei de los cojones. Me saca de mis casillas."

Se sujetó a una raíz para cruzar una hondonada y trepó al árbol con gestos bruscos, sentándose en una rama y rechinando los dientes. Ante ella se extendía el bosquecillo, una hondonada y las colinas mas allá. Las quimeras planeaban sobre el valle, desplegando las alas verdes y azuladas y deslizándose por los aires lentamente, mientras la mañana ascendía.

Se apartó el pelo del rostro y contempló el paisaje, masticando lentamente los sucesos y tragándolos con un resgusto amargo. Ivaine era muy orgullosa. Era terca y visceral, pero no era tonta, aunque a veces creía comportarse de un modo bastante estúpido a causa de aquellas tres características. Sin duda, hoy lo había hecho. Tuvo que admitir que había mucho de verdad en las palabras de Theod, y le dio la impresión de haber cruzado una línea que nunca tenía que haber pisado.

- Es que me pone ansiosa - dijo, mirando a una lechuza de las nieves que la observaba desde un abeto cercano. Arrugó el entrecejo y se frotó la nariz. - Bueno, mucha gente me pone ansiosa pero no pierdo los nervios de esta manera. Joder.

Meditó la solución por un instante, y le pareció muy mala idea lo que iba a hacer, pero aun así bajó del árbol, maldiciéndose a sí misma con su eterna discusión interior. Cuando no tenía con quien discutir, no le quedaba mas remedio que pelearse con Ivaine.

Al entrar en la taberna, ya era noche cerrada. Los chicos de la octava la miraron de reojo cuando atravesó la puerta, con una mueca de disgusto y los brazos en jarras, suspiró y miró alrededor, observando las mesa larga donde varios de ellos comían y los rincones en los que jugaban a los dados. El elfo no estaba por ninguna parte, y nadie dijo nada, volvieron la vista a sus actividades.

Observó las escaleras y ascendió por ellas, resignada. Le pesaban las botas y tenía la sensación de estar sucia o de haberse puesto en ridículo, por lo que no le importaba si se ponía aún más. Llamó a la puerta de la buhardilla y asomó la cabeza sin esperar respuesta. El brujo y el elfo estaban allí, Derlen parecía entretenido en sus cosas mientras el sin'dorei sostenía una jarra entre las manos y miraba por la ventana polvorienta, apartando las cortinas hechas jirones con la otra mano. Ambos volvieron el rostro hacia ella cuando se plantó en el umbral.


Para ser honesta, su primera reacción fue cerrar la puerta y largarse, dejar que las cosas volvieran a la normalidad o no lo hicieran, por sí solas. Total, que más le daba a ella. Sin embargo, arañó por un momento el marco de la puerta y luego se enfrentó a la mirada verdosa, fría y distante.

- Um...

¿Donde estaban las palabras? Quizá se las dejó olvidadas en la colina. Abrió la boca, frunció el ceño, se maldijo mentalmente y puso cara de circunstancias, esperando que Albagrana se diera cuenta de sus intenciones. No le cupo duda de que lo había hecho, pero aun así, seguía esperando, con la misma frialdad. Derlen les miró a ambos un par de veces y volvió a su trabajo, sumiéndose en las sombras y contando piedrecitas. "Joder, ya podía ponérmelo más fácil", se dijo, sintiendo como crecía de nuevo la ira en su interior. Finalmente, tras una eternidad de zozobra, fue capaz de hablar.

- Que quiero hablar contigo, ¿vale?

Bien, tal y como lo había ensayado mentalmente, las cosas eran muy diferentes. Claro que en sus elucubraciones no había tenido en cuenta el factor gilipollez del elfo ni su propia dificultad para las relaciones sociales. Se quedó un instante en la puerta, rechinando los dientes con el ceño fruncido y mirándole a la expectativa, aún enfurruñada. Albagrana arqueó la ceja. Suspiró. Dio un sorbo a la cerveza y finalmente asintió.

- Vale.

Se levantó, arrastrando la silla, y se acercó a la puerta, cruzándola y cerrando a su espalda.

IX - Hostilidad

El entrenamiento al amanecer era una rutina constante en Cuna del Invierno. Los soldados salían al exterior, bajo las órdenes de Samuelson. Cruzaban los muros de Vista Eterna, con las armaduras completas y las armas a la espalda y se dirigían al claro, junto a la pequeña ciudad. Una vez allí, con los tabardos relucientes y las sonrisas ansiosas en el rostro, se agrupaban por parejas y entrenaban para el combate.  Theod pensaba que, ante la ausencia tan prolongada de nuevas órdenes desde la Capilla, era un buen modo de tener ocupados a los soldados, hacer que se sintieran útiles, liberasen tensiones y energías y prepararse para los futuros combates. Estaba seguro de que los habría. Ivaine también.

Para estimularles, Theod había hecho un cuadrante que sacaba al exterior cada mañana. En él, les emparejaba de maneras diferentes cada día e iba puntuando a los vencedores. Como capitán, Theod no solía participar en la pequeña competición, cosa que Ivaine se guardaba muy mucho de criticar, pero le parecía una muestra de inseguridad.

"Lo que le acojona es perder", iba pensando esa mañana, caminando junto a Berth, que se encontraba ya recuperado de su enfermedad. El joven parloteaba excitado.

- Creo que en cuanto consiga girar la espada convenientemente, empezaré a ganar de vez en cuando. - Al sonreír, el rostro redondo del chico parecía aún más infantil. Ivaine ensayó una media sonrisa, con el escudo a la espalda y el arma al cinto, y volvió la mirada hacia la muralla, donde Theod acababa de colgar el pergamino.

Se abrió paso entre sus compañeros con algún que otro codazo. Los enanos estaban riendo entre dientes y le lanzaron miradas de soslayo que no supo interpretar, de modo que les ignoró y observó su puntuación. "Hum, la tercera, no está mal".

- Vas en la cabeza, Harren - le dijo Berth, sonriéndole de nuevo con un júbilo innecesario a su juicio.
- Ajá.


Hizo rodar la vista hacia arriba para ver quién le superaba y resopló con desdén. Albagrana, segundo. Arristan, el primero. "El puto sin'dorei", dijo para sí, meneando la cabeza con desprecio.

- Me toca contra Derlen - murmuró Lohengrin.

Ivaine no solía mirar el cuadrante, así que se alejó hacia el grupo de soldados que se alineaban, esperando que su pareja le encontrase a ella. Era el tipo de molestias que no se tomaba. Silbando entre dientes, hizo girar la espada entre las manos, volteó las muñecas, se crujió el cuello y tomó el escudo, flexionando el brazo para calibrar el peso y adaptar la fuerza a él. A ella le habían asignado el escudo a los pocos días, cuando Theod comprobó que se arrojaba salvajemente contra cualquier rival sin tener en cuenta la menor consecuencia. "Con esto al menos, tus posibilidades de morir durante los primeros tres minutos de combate, descenderán", le había dicho, resignado. Al principio le costó acostumbrarse, pero ahora le estaba cogiendo gusto a la plancha de acero con forma de lágrima invertida.

- A ver como te portas hoy, colega - murmuró entre dientes con una media sonrisa, alzando la mirada para contemplar al rival que acababa de situarse frente a ella. Frunció el ceño y por un momento se le bajó la sangre a los pies.
- Intenta no mearte encima, Harren. - le dijo el sin'dorei, el puto sin'dorei, clavando el gigantesco mandoble en la nieve para anudarse el pelo en la nuca. - No pienso ser condescendiente contigo.

Ivaine apretó los dientes y trató de respirar sin parecer un dragón irritado. ¿Por qué tenía tan mala suerte? Evidentemente, sabía que tarde o temprano le iba a tocar pegarse con el elfo, pero esperaba cogerle en un día milagroso en el que no abriera la boca. Sin embargo, ahi estaba, con la petulante sonrisa, peinándose con los dedos y levantando el espadón con una sola mano para echárselo al hombro como si fuera el rey de Ventormenta. "Que asco de tío".

- Tu tienes un serio problema, Albagrana. - replicó, con una mueca desdeñosa y una mirada de profundo desprecio. - No solo eres gilipollas, sino que además no pierdes ocasión de demostrarlo.
- Lo cual no cambia el hecho de que vas a morder el polvo.

De nuevo la sonrisa engreída. Ivaine no le entró al trapo a ese respecto, era orgullosa pero no era tonta. Había visto combatir al elfo y una de sus escasas virtudes, o una de las pocas cosas en las que no resultaba irremediablemente defectuoso, era en el combate cuerpo a cuerpo. Para algo tenía que servir, el desgraciado.

- Déjate de charlas. No estamos aquí para hablar. Prepárate y ni me dirijas la palabra, ¿está claro?

La mañana era clara y había dejado de nevar, pero el suelo era resbaladizo y el manto blanco, perpetuo, cubría la tierra por completo. La chica sacó la piedra de afilar y preparó las armas, mientras el sin'dorei hacía otro tanto, mirándose de reojo de cuando en cuando con hostilidad. A su alrededor, las demás parejas conversaban animadamente, se hacían fintas y aguardaban entre risas y chanzas la llegada del capitán. Sólo el brujo, Berth y ellos dos permanecían silenciosos.

- ¡Dale duro, Harren! - exclamó Boddli Korr, haciéndole un gesto de ánimo que algo tenía de burlón. Grossen le imitó, y luego los dos cuchichearon algo. Ivaine se limitó a dedicarles una sonrisa sarcástica, mientras el elfo se reía entre dientes, dedicándole una mirada desafiante y divertida bajo el cabello que se le derramaba ante el rostro irremediablemente. "Hoy me va a tocar aguantar muchas tonterías", pensó Ivaine con apatía.

La hostilidad evidente entre ella y Albagrana no era ningún secreto. Sus compañeros en la división no habían tardado en darse cuenta de que ella no le soportaba bajo ningún concepto, cosa que a él parecía resultarle de lo más divertida. Habían tenido varias discusiones violentas desde que él se unió a la división, y alguna vez habían llegado a las manos, pero Ivaine tenía que concederle que él nunca se había propasado. Imaginaba que podría tumbarla fácilmente de un puñetazo si se lo proponía, y pese a que ella había intentado agredirle seriamente alguna que otra vez cuando la había sacado de sus casillas, él se había limitado a detener sus golpes o a recibirlos con sorpresa y luego escupir a sus pies. Si la cosa se ponía seria, sólo la miraba severamente, arqueaba la ceja y se daba la vuelta para largarse como un señor. No le costó demasiado comprender que la única que se enfadaba de verdad, al menos hasta el momento, era ella. De hecho, apostaría una mano a que Albagrana se lo pasaba en grande.

Así pues, su relación consistía fundamentalmente en ponerse a parir, pelearse por cualquier cosa, provocarse el uno al otro y seguir al elfo en sus expediciones hacia la poza de magia. Las tres primeras cosas las hacía por que no le soportaba y era un imbécil de cojones. La cuarta, no lo tenía claro, pero ya había dejado de preguntárselo.

Evidentemente y como solía suceder en estos casos, la hostilidad palpable de Ivaine hacia el sin'dorei se había convertido en una fuente de diversión para la división al completo. Sólo Theod no parecía sentirse cómodo con aquella situación, aparte de ella misma, pero para todos los demás, cada vez que iniciaban una disputa era un soplo de aire fresco. Quizá por ese motivo, hoy las miradas se dirigían hacia ellos de cuando en cuando, con risillas maliciosas y divertidas pero que, tal y como bien sabía o quería suponer, en el fondo no eran más que fruto del humor juguetón que nacía del buen ambiente de la Octava, la camaradería y la naciente amistad de sus miembros. Hasta de eso empezaba a hartarse, cuando Theod apareció finalmente y saludó a los soldados.


- Buenos días, camaradas.
- Hola Theod. Saludos Capitán.
- Empezad cuando queráis. Ya sabéis, preparaos, saludo y coordinación, no hagáis trampas.

Se oyeron algunas risas y comentarios aislados, y finalmente, las dos líneas paralelas de combatientes se irguieron y se miraron entre sí. Ivaine levantó el escudo y preparó la espada, ladeándose un tanto, adelantó una pierna y respiró, relajada y firme, mirando al elfo por encima de la placa de acero.

Él hizo girar el mandoble un par de veces con ambas manos y situó la punta en la nieve, tras de sí, como si fuera un remo, de perfil hacia ella. Sacudió los cabellos y la miró, con una media sonrisa y un brillo chispeante en la mirada, entre ansioso y jovial. Algunos metales ya entrechocaban a su alrededor.

- ¿Listo?
- Siempre.

Tomó aire. Contó tres. Se impulsó con las piernas, con el escudo por delante y cargó, conteniendo el grito. El escudo se estrelló contra la hoja de acero templado, que giró cuando él levantó los brazos, elevándose como una columna metálica, aún con el filo deslizándose en la tierra. Se ladeó para descargar la espada roma contra la mano izquierda de su rival, pero sólo vio flotar un jirón de cabellos trigueños ante sí cuando él se movió para esquivarla.

"Joder con el puto sin'dorei". Dio un salto hacia atrás para quitarse de la trayectoria del arma que caía sobre ella, y la hoja se estrelló contra la tierra, a diez centímetros de su cuerpo. Ivaine parpadeó, mirándole con indignación. Si no se hubiera apartado, ese golpe le habría abierto la cabeza.

- ¿Estás loco o qué?

- No te asustes, no te habría dado.- Rodrith volvió a levantar el arma, esta vez echándosela a la espalda, y agitó la melena.  
- No me asusto, gilipollas.

Arremetió de nuevo contra él, esta vez desde un lateral, rápida como una ardilla, pero él volvió a girar sobre sí mismo, hizo oscilar el espadón sobre su cabeza, y volvió a descargarlo, esta vez a un paso de los pies de Ivaine. Le fulminó con la mirada y él sonrió. "Está jugando conmigo. Asi que quieres jugar, ¿eh?", le devolvió la sonrisa y se le quedó mirando, adoptando la misma posición y probando el mismo ataque. El elfo hizo un movimiento similar, girando sobre sí mismo, pero en el último segundo, Ivaine se deslizó hacia el lateral y, mientras la masa de acero cortaba el aire en una elipse, le dio tiempo a golpearle con la espada en el costado descubierto. Puso toda su rabia en el golpe, y el metal vibró y resonó en el claro. Atisbó la mirada iracunda y se precipitó hacia la espalda del guerrero para alejarse del camino de su arma, imponiendo el escudo entre ambos.

Jadeó y le escuchó jadear cuando el mandoble se estrelló contra el suelo, y atisbó sobre el escudo al percibir el sonido rasposo del acero al raspar la tierra para elevarse de nuevo y el gruñido desdeñoso. Otro restallido de metales encontrados, y la plancha de acero ante ella vibró, haciéndole contraer el brazo y apuntalar los pies al verse precipitada hacia atrás por la violenta colisión.

Se miraron de nuevo, y tragó saliva, atravesándole con los ojos. No había burla en la mirada verdeante esta vez, sino una seriedad grave y un atisbo de serenidad que no le gustó nada. Le había visto así en el lago Kel'theril, ese mismo semblante de mandíbula apretada y la tormenta naciente bajo las pestañas.

- En serio, ¿estamos? - le dijo, sin achantarse. Un hormigueo de excitación le recorrió las venas, la adrenalina se le disparó. "Estoy zumbada. Bah, qué mas da, hagámoslo".
- No me tientes, Harren - respondió el elfo con voz grave y una advertencia implícita en ella.

Aquello la espoleó aun más, y esta vez cargó con un grito que no pudo reprimir.

El combate fue todo un espectáculo. Le acorraló con su furia hasta obligarle a responder a los ataques sin contenciones, le avasalló y desató todo su ímpetu contra él, sin importarle una mierda si la respuesta significaba terminar aplastada por el inmenso mandoble. Se arrojó sobre él, le asedió con el escudo, coló su espada por los lugares abiertos que veía, y pronto el combate se convirtió en una danza. Se sintió satisfecha cuando, agotada pero aún concentrada, logró despertar el destello frío y acerado en los ojos de Albagrana, le hizo fruncir el ceño y rechinar los dientes. Su arma no le tocó a lo largo de los primeros minutos, donde sólo le dejó opción a defenderse, esquivarla y aguantar las embestidas o poner espacio entre los dos con ataques que no estaban dirigidos a herirla sino a abrir hueco.

Se dieron tregua un instante cuando ella reculó para recuperarse del cansancio que comenzaba a invadirla a causa del desenfrenado acoso, y sólo entonces se dio cuenta de que varios compañeros, que habían terminado ya, estaban mirándoles y lanzando arengas. Theod les observaba, con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Se permitió una sonrisa ácida antes de volver a la carga.

La danza prosiguió con el mismo proceder, esta vez acompañada por los gritos y los vítores del círculo de soldados que se había formado a su alrededor, pero en sus ojos sólo existía el rostro firme y severo de mirada turbulenta que percibía de cuando en cuando entre los mechones de cabello claro y la armadura del rival. Estaba sudando y el brazo del escudo empezaba a temblarle a causa del esfuerzo, incapaz de hacerse una idea de cúanto tiempo llevaban combatiendo.

Apretó los dientes y se lanzó de nuevo hacia su contrincante, con el escudo ante sí. Él resistió el ataque con la hoja del arma perpendicular sobre la tierra, como había hecho al principio, y ella volvió a ladearse, tratando de alcanzar el cuerpo del elfo con su espada sin afilar. Los ojos verdeazulados destellaron triunfales. Una de las manos que sostenía el mandoble se apartó de la empuñadura y se precipitó hacia la hoja de su acero. Por un momento creyó que iba a atravesarle, pero se movió un instante, levantando el mandoble en el que presionaba con el escudo y privándola del punto de apoyo, de modo que se precipitó hacia adelante arrastrada por su propio impulso. 



"Mierda". Esa palabra rebotó en su cabeza mientras caía, y por si fuera poco, Rodrith le arrebató su propia espada por el camino, cerrando la mano en la guarda y tirando con tanta fuerza que casi se le llevó los dedos por delante. Su armadura golpeó contra el escudo cuando tocó tierra, desarmada, y escuchó el silbar del metal cortando el aire a su espalda. Guiada por el instinto, sostuvo el escudo con las dos manos y rodó sobre la tierra, cubriéndose con él boca arriba.

Parpadeó un par de veces y las voces se apagaron en el claro. El mandoble se detuvo secamente, apenas rozando el escudo de Ivaine con el extremo. El elfo respiraba con cierta dificultad y rechinaba los dientes, y en su expresión seria y ceñuda no había asomo de ira. Toda estaba concentrada en su mirada. Abrió la mano con la que le había arrebatado su arma y la dejó caer al suelo, dándole una patada después. Ella aferró el escudo, testaruda. Él arqueó la ceja. Y las palabras de Theod se hicieron oír en el tenso silencio reinante, ante los ojos expectantes de los miembros de la división.

- Harren, estás desarmada. La victoria es suya.
- No estoy desarmada.

"Y una mierda lo estoy", se dijo, sin soltar el escudo. Los murmullos volvieron, más tenues, tímidos, emocionados. Albagrana suspiró imperceptiblemente entre los dientes y no dijo nada, pero leyó sus labios. Ya basta, decía. Ella negó con la cabeza, inamovible.

- No estoy desarmada - exclamó con indignación, empujando el mandoble con el escudo y poniéndose en pie.
- Ya basta - y esta vez lo dijo claramente, con voz grave y reverberante, imperativa. El semblante era amenazador y esta vez si, estaba enfadado.
- ¡He dicho que no!
- Es un puto entrenamiento, Harren, y se ha terminado. Si no estás contenta con el resultado, me rindo. - volvió los ojos hacia Samuelson. - Dale la victoria a la chica del escudo, Capitán, yo no pienso seguir.
- ¡Y una mierda! ¡No puedes retirarte! - exclamó ella, poniéndose en pie. - ¡Esto no es justo!


Jadeó, echando chispas por los ojos, destellando iracunda. Un fuego abrasador estaba despertándose en su pecho, consumiéndola de rabia, pero el sin'dorei ya había soltado la espada y se marchaba sin volver la vista atrás, sin mirar a nadie.

VIII - El sin'dorei (II)


Ivaine observaba, con los ojos muy abiertos, como si fuera la espectadora de un suceso excepcional. Había visto a los elfos nobles mucho antes de conocer a Albagrana, cuando aún era una niña y los escasos viajeros del antiguo pueblo eran recibidos con asombro y cierto temor en Stormgarde. Solo de oídas había conocido los crueles sucesos que se vivieron durante el ataque de la Plaga, mientras ella permanecía en el caserón de los Samuelso
n, a salvo de aquel mal que se disponía a combatir en las filas del Alba Argenta. El reino de los elfos, que imaginaba lejano y muy raro, había sido arrasado, su pueblo se había convertido en enemigo de los hombres, habían cambiado su nombre y se alimentaban de niños y de sangre de demonio para recuperar su magia. Hasta ahí llegaban sus conocimientos.



Por eso, la escena que estaba presenciando le parecía extraña y asombrosa. Se mantuvo a distancia, mirando, mientras  el elfo abría los dedos sobre la pequeña pila y un hilo de luz azulada recorría sus palmas, disolviéndose al entrar en su piel. Él suspiró quedamente y entrecerró los ojos, que brillaban intensamente ahora, echando la cabeza hacia atrás en un gesto de absoluto placer largamente pospuesto. Ivaine se estremeció un instante, quizá con asco o puede que a causa de la expresión extasiada del soldado, cuyos cabellos ondearon suavemente con la energía que se arremolinaba en torno a sí. Le pareció verle esbozar una breve sonrisa maliciosa antes de apartar las manos y quedarse mirando la poza, lamiéndose los labios. 

Había un deseo subyacente en él y la muchacha podía percibirlo en la mano trémula que quería acercarse de nuevo al recipiente de piedra, el leve temblor de los dedos. “Cogerlo todo, absorber todo ese poder para cerrar una herida que sólo se abrirá más hasta destruirle. Los sin’dorei son así. Son adictos. Siempre quieren más y nunca están satisfechos, eso son, ¿no es verdad?” Una parte de sí misma lo comprendía más profundamente de lo que su razón acertaba a elucubrar, y sin embargo, lo sentía como si estuviera viviéndolo en su propia piel, en su propia alma.

Entonces, con un gruñido insatisfecho, Albagrana levantó la mano y crispó los dedos de nuevo para absorber más, más, la dulce magia, deliciosa magia. Antes de darse cuenta, Ivaine estaba allí y le agarró de la muñeca.

- Vámonos – exhortó con firmeza.

“¿Qué coño hago? Déjale que reviente. ¿Tu que sabes de todo esto? No tienes ni idea de lo que haces, Ivaine. Te pondrás en ridículo otra vez.”

La mirada volvió a ella y la observó con extrañeza, con cierta ansiedad. Ella crispó los dedos y tiró de él.

- Venga. Ya has hecho lo que tenías que hacer. – le vio lamerse los labios, mirar la poza, lamerse los labios de nuevo. – Vamos, tengo prisa. Me estoy meando y yo no puedo hacerlo aquí.
- ¿qué… de qué hablas…? – murmuró el elfo con voz pastosa.
- Vamos, Albagrana. Volvamos ya. A insultarnos como antes. Todo el camino de vuelta. He estado pensando cientos de insultos para decirte – prosiguió, parloteando aceleradamente, tratando de apartar la atención del sin’dorei de la fuente de poder. – Por ejemplo, engreído asqueroso.
- ¿Engreído asqueroso?

Había movido un pie y la observaba con la ceja arqueada, aun con la mirada algo perdida, así que no se detuvo y siguió tirando de su muñeca, tirando y tirando, guiándole un paso tras otro mientras volvían al camino. Habló sin cesar, le fustigó con puyas ingeniosas y se dirigió a él con desdén, hasta que el elfo dejó de volver la vista atrás y se soltó de sus dedos con un movimiento sutil.

- … y llegaste con esos aires…”Soy los refuerzos” – decía ella, echándose el pelo hacia atrás. - ¿Por qué eres siempre tan gilipollas?
- La respuesta más sencilla es que soy un gilipollas.

Ivaine reprimió una sonrisa. Era la primera vez que él respondía desde que se habían alejado de las ruinas.

- Desde luego que lo eres, no tengo ninguna duda al respecto.
- Si preguntas que por qué soy siempre tan gilipollas, es que crees que puedo ser de otra manera.
- No, en realidad no – dijo, echándose la capa por delante. “Sí, en realidad sí. He mirado a través de tus tormentas”, se dijo. Inmediatamente se rectificó a si misma. – La pregunta es… ¿Siempre has sido así de gilipollas o has tenido que entrenarte?

El elfo la sujetó un instante por el brazo y la apartó, señalando un montoncito de nieve vagamente. Ivaine imaginó que debajo había otro agujero, y su gesto le hizo sentirse incómoda.

- Hasta ahora había sido autodidacta, pero quizá te pida que me instruyas. Se te ve con experiencia.
- Para nada. Has superado mis capacidades sólo a lo largo de este tiempo.- replicó ella, mordiéndose el labio con cierta confusión.

“No he venido a esto”, se reprochó a sí misma. “No debería divertirme con esto. Odio a este tipo, ¿no?” Su mente no contestó.

- No mientas, sé que aún no has demostrado todo tu potencial.
- En esto sí te dejaré ganar.


Continuaron caminando hasta llegar a Vista Eterna, discutiendo apaciblemente, si es que eso es posible, pero a ella se lo parecía. Cuando entraron a la posada, Ivaine se sentó al lado de Berth y le cogió la mano fofa, hablándole con tranquilidad, diciéndole que se recuperaría y que todo iba a salir bien. Albagrana se retiró a un rincón y se envolvió en la capa, cerrando los ojos. Ella no volvió a mirarle mas que un par de veces hasta que quedó dormida.

Desde aquel día, no dejó de seguir al elfo a la poza de magia cada vez que iba hacia allí. Nunca supo si él era consciente o no de que ella caminaba tras sus pasos en aquellas noches de invierno, pero tenía la sensación, en algún lugar recóndito de su corazón, de que él lo sabía. Porque nunca más volvió a dudar al apartar la mano del poder chispeante y tentador que fulguraba sobre la piedra.