martes, 5 de enero de 2010

XXIV - Complicado

El escudo resonaba como una campanada cada vez que la espada de Berth golpeaba contra él. A pesar de que el joven soldado no era lo que se dice el más fuerte de la división, maldita fuera su estampa, en aquel momento estaba haciéndole daño de verdad. Y la Roja Ivaine se cagaba en los dioses a voces, sin escatimar en tacos ni insultos, cada vez que su brazo dolorido recibía una descarga nueva.


- Deberíamos dejarlo, Iv - dijo Theod, resollando y mirándola con cara de preocupación.
- Y una mierda. Me voy a recuperar pero YA.
- Iv, solo han pasado tres semanas. No deberías...
- No te atrevas a decirme lo que tengo que hacer y golpea, marica.


Theod abrió mucho los ojos, pero no tuvo condescendencia con él. Estaba de un humor de perros.


- Estás más borde que nunca - replicó el joven, haciendo un mohín. Con un destello herido en la mirada, volvió a soltar espadazos sobre el escudo, esta vez desganado.
- Tu que vas a entender, coño - resolló ella, manteniendo la plancha de metal firme ante sí, resistiendo las ganas de llorar y el dolor infame. - Los demonios se han reagrupado y estáis combatiendo a los incursores sin mí. Tengo que volver a estar en forma enseguida, el tiempo apremia.
- Arristan y Boddli llevan los escudos, Ivaine. No tienes por qué machacarte así.
- Tengo por qué. No pienso quedarme al margen, ¿te enteras?. Y dale mas fuerte, cojones.


Berth prosiguió con los ejercicios, mientras Ivaine aguantaba los golpes y desgranaba sus maldiciones mentalmente. Bien es cierto que no parecía contenta con nada. Debería estar exultante, ahora que las cosas habían mejorado tanto en la división. El nombramiento de Albagrana como segundo al mando había sido acogido con entusiasmo por los soldados, y el ambiente se había distendido considerablemente. Theod había mejorado mucho, y no sólo a los ojos de sus hombres. Su manera de dirigirse a ellos era mucho más natural ahora, que había descargado parte de su peso en aquél que antaño lo había causado, y quien fuera su peor enemigo se había convertido en su mejor aliado. Tenía que admitir que la jugada había sido magistral. Rodrith no se excedía en sus funciones, y ella sospechaba que gran parte del tiempo que su hermanastro y su ex amante pasaban cuchicheando en el despacho o en el campo de entrenamiento, no sólo les servía para estrechar lazos en una curiosa amistad que ya se hacía evidente, sino también para discutir en privado y con buenas maneras sus desacuerdos hasta llegar a puntos comunes. Sutiles cambios habían tenido lugar en la División, y todo transcurría de una manera tan fluida como los engranajes que se ajustan a la perfección después de agitar un reloj a mala hostia durante unas cuantas horas. Y sin embargo, Ivaine no estaba contenta.


Apretó los dientes cuando de nuevo le llegó una embestida del acero de Berth, y maldijo entre dientes al sin'dorei. "Maldito capullo estúpido", se dijo, sintiéndose indignada de nuevo. Y es que Rodrith no le había dirigido una palabra, ni una mirada, desde el día del combate en el puente.


- ¡Agh! - exclamó, dando rienda suelta a su frustración cuando la espada del joven soldado volvió a caer sobre el escudo y el dolor lacerante alivió en cierto modo su tribulación emocional. - Vale. Suficiente, coño. Mañana más.


Soltó la placa de acero y se frotó el brazo, frunciendo el ceño. Berth la miró con desdén, y ella respondió con gesto desafiante, aguantándole la mirada hasta que el muchacho suspiró, se dio la vuelta y se marchó. De nuevo, maldijo a todo el mundo, caminando a largas zancadas hacia el exterior. Tenía un nudo en la garganta, y sospechaba que podría ponerse a llorar en cualquier momento, por muchos motivos, pero la excusa del dolor físico le venía de maravilla. ¿Por qué nadie podía hacer ni siquiera un leve intento por comprenderla? ¿Tan difícil era darse cuenta de lo herida que se sentía, de cuánto le afectaba ser prescindible en la lucha, ser prescindible para el jodido infame y odioso sin'dorei, ser prescindible para todos? Les maldijo, una y otra vez, y maldijo su fortuna, mientras caminaba hacia el viejo refugio abandonado, hundiendo los pies en la nieve y envolviéndose en la capa. Sólo quería estar sola. Estar sola por un momento, durante unas horas, lamentándose y autocompadeciéndose un poquito para luego volver con más fuerza, cimentada y bien ensamblada. Pero la Providencia tenía la costumbre de reírse en la cara de Ivaine, algo que ella detestaba, por supuesto. Cuando abrió la puerta desvencijada, el corazón le dio un salto en el pecho, se detuvo y después se puso a latir como un loco.


El elfo levantó la vista hacia ella y la miró, atravesándola. La muchacha que había entre sus brazos se apartó el pelo rojizo del rostro, con las mejillas arreboladas, y se levantó de su regazo con cierta precipitación, observándoles a ambos.


- Um ... no me dijiste que seríamos tres - murmuró la chica, con expresión confundida, sosteniéndose el vestido desatado para que no se le abriera en el escote. Estaba despeinada. Y tenía un mordisco en los labios.


Ivaine la miró. La reconocía, no había muchas putas en Vista Eterna, pero Sabine era una de ellas. Alguna vez habían compartido una jarra en el patio, por la noche, poniendo a parir a los hombres. Ahora mismo, a quien quería poner a parir era a ella, o mas bien desollarla viva.


- No vamos a ser tres - dijo finalmente Albagrana, poniéndose en pie con toda naturalidad y anudándose la guerrera de cuero. Lanzó un saquito de monedas a Sabine y se inclinó con cortesía, una cortesía que Ivaine detestó profundamente en aquel momento, y esta vez con toda su alma. - Puedes volver ya.
- Pero si no hemos hecho nad...
- Que te largues - escupió Ivaine sin poder contenerse. Algo en su mirada debía ser muy amenazador, porque Sabine dejó la boca abierta sin llegar a replicar y se echó la capa por encima, corriendo hacia el exterior.


Cuando se hubo marchado, todos los instintos asesinos de Ivaine se proyectaron hacia el elfo que tenía enfrente, mordiendo las palabras que pugnaban por salir de su boca y que finalmente se precipitaron hacia él como un torrente de despecho y frustración.


- Eres un cabrón y un hijo de puta, maldito seas, cerdo - dijo con voz trémula, apretando los puños. Sentía algo abrasador y punzante mordiéndole dentro del pecho, que hacía palidecer su rostro y arderle las cuencas de los ojos. Ella sólo había venido a llorar sola. Era injusto. Era una mierda. - Nunca había conocido a nadie tan rastrero y sucio como tú. Me das asco.


Al otro lado, sólo encontró indiferencia. Un rostro impasible que apenas la miró de soslayo mientras se ajustaba el cinturón, entre los cabellos pálidos. Los ojos fríos, blindados, no expresaban más que un vacío insondable, un muro que no era capaz de franquear ahora. Y la voz que llegó a sus oídos no era menos gélida.


- ¿Has venido para decirme eso?
- No. Venía para estar sola - confesó. Y la amargura se le desbordó como un torrente, pintada de decepción. - Venía para estar sola, con mi brazo inútil, con la única compañía que ahora puedo tener, que al parecer es la única que me soporta y ni siquiera a mí me gusta. Pero sabes, no necesito nada más. Al menos puedo mirarme al espejo por las mañanas, sabiendo que soy honesta conmigo misma.
- Acostarme con una puta de vez en cuando no me impide mirarme al espejo - replicó el elfo, con la voz melódica, aséptica, mientras se envolvía en la capa. - Al fin y al cabo, no le debo nada a nadie. No estoy atado por ningún compromiso. No sé que ves de reprobable en algo tan natural. 
- Nada - respondió ella, tras una larga pausa. Algo la había abofeteado con violencia, y esta vez reconoció claramente el rechazo - Nada, la verdad. No hace falta que te vayas. Ya me voy yo.


Se dio la vuelta, casi tambaleándose a causa de la fuerte impresión de sus propios sentimientos. Un dolor peor que el de su brazo, que la estaba ahogando. Prescindible. Prescindible por completo. Intentó no pensar en aquel refugio destartalado, en las manos enredándose en sus cabellos, en el susurro arrebatado y trémulo en su oído, "carandil, vanya... Mentiras, todo mentiras". Dioses, como dolía cada paso sobre la nieve mullida. Dioses, cómo se clavaba ese nudo espinoso en el alma a medida que se alejaba, y las lágrimas ardían en las mejillas. Se las limpió, tragándoselas, ahogándose con ellas antes que permitir una revelación tan obvia de su fragilidad, aunque sólo los árboles pudieran verla ahora, sólo la nieve, sólo el cielo blanquecino. Se detuvo un momento, tratando de recuperar la compostura y el ritmo de la respiración temblorosa, tragando el sorbo amargo y gélido que se le ofrecía y al que no podía rehusar.


"Acostarme con una puta de vez en cuando..." Acostarse con ella. Estaba a la misma altura que las golfas de pago. Genial. ¿Qué coño había esperado, de qué se extrañaba? Había sido una estúpida. Sopesó la opción de regresar al refugio y golpearle, gritarle a la cara el daño que le estaba haciendo, lo que le había hecho, prender fuego a la estructura, inmolarse con él dentro, maldito fuera, maldito... pero ¿qué derecho tenía? Ninguno. Ni siquiera el derecho a sentirse herida, al parecer.
Prescindible. Absolutamente prescindible.


Levantó el pie para seguir avanzando y casi se cae cuando unos dedos férreos se cerraron en su muñeca. Reconoció el contacto enseguida y se giró, rechinando los dientes, lanzando un puñetazo con el brazo bueno.


- Suéltame, desgraciado - gritó, fuera de sí. Un atisbo de la mirada azul, verde, gris, cielos tormentosos en ebullición, cuando Rodrith esquivó su golpe. - ¡Déjame en paz! ¡Olvídame!
- Eso intentaba, pero no parece funcionar - replicó él, casi en un susurro, tapándole la boca con la otra mano para que dejara de vociferar. La tenía sujeta por el brazo aún herido, y cada vez que se movía en la presa de sus manos, el dolor le arrancaba un gemido. Mordió los dedos, con la mente teñida de rojo a causa del torrente de sensaciones violentas, confusas y contradictorias que la azotaban desde todos los frentes. - Harren... no es... no lo entiendes.


¿Que no lo entendía? ¿Que no lo entendía? Oh dioses, quería matarle en aquel preciso momento. "Eres tú quien no entiende nada", quería decirle, pero no podía. Estaba mordiéndole, y aunque ya sentía el sabor de la sangre en la lengua, él no apartaba la mano, no la soltaba.


- Escúchame... por favor, escúchame. Deja de hacer eso, cojones, duele... - suspiró, el arrebato vibrante de sus palabras se escurría en su oído. Maldito gilipollas. - Esto es una puta mierda.
- LO ES!! - gritó ella, cuando el sin'dorei la liberó al fin. Le encaró con brusquedad, levantando la barbilla como una reina digna. - ¡No quiero escucharte! No tienes derecho a pedirme eso, ya he oído suficiente de ti. Puto mentiroso.
- Nunca te he mentido - destellaron los ojos brillantes del elfo y su mandíbula se tensó en un rictus.


Ivaine había llegado a conocer a Rodrith mejor de lo que ella misma discernía. No sabía cómo ni por qué, pero así era. Y reconocía aquella mirada, aquel gesto y la postura corporal, tensa, alerta. Era la que adoptaba siempre que se sentía amenazado. "O asustado... ¿asustado?"


- Tienes que creerme. Lo sabes. No te he mentido, jamás - insistió, haciendo hincapié en la última palabra. Ella se inclinó hacia adelante, desafiante y dolorida.
- ¿Qué coño está pasando? Si no me has mentido, si... ¿Es que te has cansado? ¿Qué coño era eso de ahí dentro, qué coño soy yo? Me estás evitando, hace semanas que me evitas.
- Es... es complicado - replicó el elfo, pasándose la mano por la frente y apartando la mirada.
- Pues explícamelo. Y mírame cuando me hablas. Soy una persona, ¿sabes? Y tengo jodida DIGNIDAD. - gritó ella de nuevo. No iba a darle tregua. "A la mierda, jódete. No puedes hacerme esto y pretender que entienda a saber qué hostias".
- ¡Vale, joder!¡No me presiones más! - el bramido del sin'dorei la hizo estremecerse un momento, pero también despertó una maligna satisfacción. Ser capaz de sacarle de sus casillas era estimulante de un modo algo infantil, pero... si, le gustaba. - ¿Por qué tengo que darte explicaciones? Sabes que no te he mentido, eso debería...
- ¡Eso nada!
- Qué dificil te pones, Carandil - resopló él, levantando la barbilla y volviendo los ojos al cielo.
- ¿Dificil yo? Pero tendrás cara... ¿Yo soy la difícil? Eres TU el que me evita después de... después de haber estado revolcándonos casi a diario durante los últimos meses, eres TU el que se trae una puta al refugio y me trata como a una de ellas. - estalló, escupiéndole a la cara todos sus reproches. - Eres TU el que después me dice que no me ha mentido. Yo no te pedí nada, es verdad que no... no tenemos nada, pero coño... supongo que sí, que creía que teníamos algo, ¿vale? No te pedí nada, pero tú te explayaste a base de bien, con todas esas palabras bonitas en Thalassiano y tus gestos, y tu...
- Calla de una vez.


Ivaine tenía que admitir que Rodrith, pese a ser un verdadero desastre para expresarse verbalmente en asuntos emocionales, poseía la virtud de ser muy expresivo con el lenguaje corporal. El beso con el que la silenciaba en aquel momento era un torrente de calidez apasionada, ávida y sedienta, que le puso el vello de punta y la hizo marearse, borrando de un plumazo el fantasma de la superficialidad, aquel sentimiento vacuo de ser sustituible y sellándole los labios con una certeza de necesidad que arrollaba todo lo demás. Hubiera debido apartarle. Golpearle. Esto último lo hizo vagamente, pero sin mucho convencimiento. Pese a sus esfuerzos, estaba respondiendo al beso, y todo su cuerpo lo hacía con un magnetismo demasiado violento para molestarse, a estas alturas, en ponerle trabas. Cuando se separaron, jadeando y tratando de recuperar el aliento, no le soltó más que un instante para abofetearle con el dorso de la mano buena mientras le confesaba su alivio al volver a sentirle así como mejor sabía hacer Ivaine.


- Gilipollas - le dijo.
- Estúpida - replicó él, frotándose la mejilla. El amor es un misterio, porque ambos estaban más tranquilos tras ese intercambio de pareceres. - No me he acostado con nadie, coño. En eso sí te he mentido.
- Ni que me importara.
- No empieces. - la cortó en seco, con ese otro gesto, el que iba en serio. Ivaine se calló, pero no lo hizo por obediencia. Sino porque sabía que iba a tener la explicación que había exigido. - Tú... tú no me has ocultado nada, ¿verdad?


Ivaine parpadeó y arqueó la ceja con extrañeza. ¿A qué coño venía eso ahora?


- ¿Ocultarte qué? ¿De qué estás hablando, elfo?
- En el puente, cuando combatimos con la Legión... - prosiguió él, muy serio, y de nuevo con el gesto defensivo. Dioses, qué claro podía verlo ahora ella. - El Capitán está... dice que estáis prometidos.
- Yo lo mato - se le escapó, sacudió la cabeza y apretó los puños. - Yo lo mato.
- Vale, vale, eso es un no - replicó Albagrana, sujetándola. Porque Ivaine ya se había vuelto hacia la ciudad y avanzaba con evidentes intenciones violentas. - Es un no, ¿verdad?


¿Como se había atrevido? Maldito Theod, mal rayo le partiera.


- ¡Claro que es un no, pedazo de animal! ¿Todo esto es por culpa de ese merluzo? Dioses, le voy a arrancar la piel a tir...
- Ivaine


El tono de su voz le hizo detenerse. Cerró la boca y se dio la vuelta, mirándole. El soldado Albagrana estaba muy serio, y del hielo en su mirada ya no quedaban ni los vestigios. Cuando se ponía así, tan grave y tan digno, con esa melancólica preocupación, Ivaine se sentía más conmovida de lo que quería admitir. Si, había llegado a conocer bien a Albagrana. "Demasiado bien. No lo suficiente".


- No estoy comprometida. Con nadie - dijo finalmente, más tranquila, contagiada por su serenidad. - Solo tengo compromisos con mis propias emociones, a ellas no las traiciono jamás.


Era consciente de que estaba reprochándole lo que había pasado aquellos días. Lo entendía, sí. Pero se lo reprochaba igualmente. "Yo no lo hubiera hecho", se dijo, y lo tenía muy claro. Cuando le vio asentir, el alivio se dibujó en la mirada del sin'dorei un instante breve, el preciso momento que utilizó en apartarse el cabello de la frente.


- No quería empeorar las cosas. Theod no es un mal hombre, sólo está bastante confundido con respecto a ti. Supongo que piensa que estáis destinados a estar juntos. Es evidente que tú no opinas igual.
- Evidentemente. Estoy aquí montándote la escenita a ti. ¿Qué opinas tú al respecto, tienes algo que decir acerca de mi destino? - replicó, aún malhumorada, poniendo los brazos en jarras.


El elfo apretó los dientes y la atravesó con los ojos, abrumándola con el peso de aquella mirada intensa, que la joven resistió sin llegar a derretirse del todo. Lo cual le costó lo suyo.


- Desde luego que sí - respondió el susurro cortante, contenido. El destello de la mirada ardiente se veló cuando el beso la atrapó de nuevo y la muchacha cerró los ojos, dejándose arrastrar, empujándole a su vez, al conocido combate.


Sí, Ivaine tenía que admitir que Rodrith, pese a ser un absoluto desastre para expresarse verbalmente en asuntos emocionales, poseía la virtud de ser muy expresivo con el lenguaje corporal, una vez más. En las horas que siguieron, a pesar del brazo roto y los jirones de despecho que quedaban en ella, Ivaine se abandonó a su oratoria en una conversación de piel, saliva y cuerpos enredados que no sólo le quitó las ganas de llorar y limpió por completo su tristeza, sanando la soledad y el malestar de aquellas semanas, sino que le devolvió una seguridad fortalecida respecto a aquellas emociones que, para bien o para mal, siempre se negaba a traicionar. 

XXIII - Canciones, huesos rotos y sorpresas


- Te pondrás bien - dijo Shalia, sonriendo con benevolencia mientras vendaba primorosamente su brazo.
- Si, ya lo supongo - escupió Ivaine.

Dolía como el infierno. No podía mover el brazo y dolía como el infierno. Dicen que no hay gloria sin dolor, que los guerreros de verdad tienen cicatrices, heridas de combate. Dicen muchas cosas, sí. Pero tener un brazo roto no duele menos con ninguna de esas excusas, y además era algo que la sacaría del combate en lo sucesivo, si es que lo hubiera. Dejó que la druida terminase sus actividades y se bebió con la mejor cara de la que se sintió capaz del brebaje de hierbas que le dio para el dolor. Cuando salió al exterior y se reunió en la plazuela despejada con sus compañeros, la cerveza corría a raudales y la recibieron con gritos de júbilo y exclamaciones de ánimo. Ella sonrió sesgadamente y cogió la jarra que le ofrecía Helki, palmeándole la espalda.
- No rota, Roja. Tu bien trabajas con escudo, T'asdingo - exclamó el trol, soltando un chorro de espuma por la nariz.
- No rota, no te jode. Claro que no estoy rota - replicó ella, enmascarando el gesto de dolor con un buen lingotazo. - Al menos no del todo.
- ¡Buen trabajo el de hoy, camaradas! Ha sido un honor - festejaba Boddli, levantando su odre y tambaleándose sobre el tonel en el que estaba sentado. Ivaine no había conocido paladín más ferviente en su fe y más aficionado al alcohol que aquel buen enano de roja barba.
- Repítelo cuando te hayas limpiado el carmín de esas diablesas de la cara, retaco.
- ¿Retaco? Cierra la boca, cara de perro. Sus besos de veneno no consiguieron doblegar a Boddli el Orador.
- Habrá que llamarte Boddli el Volador más bien - insistió Grossen, palmeando el lomo de su loba con una carcajada. - Si pensaba que un enano no podía llegar alto, aquella embestida del guardia vil que te levantó por los aires me sacó de mi error.

Ivaine rió entre dientes. Un coro de risotadas varoniles resonó en la plaza, entre las indignadas quejas de Boddli Korr, que acabó hundiendo su ofensa en la bebida. Arristan empezó a cantar, improvisando una de sus tonadas sobre la magna gesta, animado y vitoreado por sus compañeros. Los goblin observaban, entre divertidos y vigilantes, la fraternal celebración de la División Octava, sin emitir quejas al respecto. Los ejércitos de la Legión habrían llegado a Vista Eterna de no ser por la intervención de los soldados y aunque Ivaine sospechaba que la gratitud sincera no formaba parte de los quehaceres cotidianos de esos gnomos verdes y orejones, a juzgar por su actitud aquella noche estrellada, confiaba en que hicieran la vista gorda ante las secuelas que, sin duda, la borrachera dejaría en rincones, esquinas, y toneles vacíos. No había más que ver cómo se tambaleaba Berth sobre el cajón en el que estaba encaramado, agitando el pichel y riendo con ese sonsonete infantil y contagioso al compás de la balada de Gunter Arristan.

- El bueno de Boddli levantó su maza,
reventando cabezas y aplastando sesos,
hasta que las súcubos, con buena templanza,
calmaron su ira con caricias y besos - canturreaba el barbudo guerrero, luciendo su escasa sonrisa.

De nuevo resonaron las carcajadas.
- Si, si, reíd, reíd, al menos yo saqué algo agradable del enfrentamiento.
- Si al cariño de una súcubo se le puede llamar agradable... prefiero el mordisco de una loba.
- Si sigues acostándote con la tuya, acabarás recibiéndolo.

Grossen y Boddli forcejearon, riendo y mostrando su mejor cara de ofendidos cuando la diversión se lo permitía, mientras Varhys, sorprendido por la chanza a medio sorbo, expulsó el licor por la nariz en una risotada.

- El hombre y la loba estaban tan unidos
que juntos enfrentaron a los viles demonios,
tiernos sentimientos al verse en peligro
harán que esta noche se pidan matrimonio - prosiguió Arristan.

- Joder, cómo te pasas - estalló Ivaine, recostándose en la pared, observándoles y escuchándoles con una risa leve.
- Tu no te vas a librar, Roja - sonrió el guerrero entre la barba hirsuta, pulsando las cuerdas del laúd como acompañamiento.
- No te atreverás, soy una dama - le desafió ella, con un punto divertido. Esa afirmación arrancó un coro de exclamaciones incrédulas y expresiones irónicas, a las que respondió ensanchando la sonrisa y alzando el dedo corazón.

- La Dama levanta el escudo y la espada,
defiende a los suyos con gran elegancia
como un marinero maldice y resuella,
sus tacos se escuchan en las colindancias,
¡Qué grácil la dama! ¡Que dulce muchacha!
Es tan femenina como un uñagrieta
diría que es hombre, sin broma ni chanza,
si ya no le hubieran crecido las tetas. - Cantó Arristan, con gesto de suficiencia.


- Tienes para todos, Gunther - se carcajeó Astafirme. El tauren no se prodigaba en bromas últimamente, pero después de la batalla, al parecer se consideraba más parte del grupo que nunca.
- Las vacas para el final, camarada - replicó el caballero, dispuesto a soltar la artillería pesada. - Ahora viene lo mejor.

Vio el brillo ávido en los ojos de los soldados, divertidos y jocosos. Lo mejor. Eso significaba que le tocaba el turno a Theod, no le cabía duda. Ivaine torció el gesto, no estaba muy segura de querer seguir escuchando las afiladas rimas del veterano combatiente, pero él empezó a despacharse a gusto antes de que pudiera despedirse con sutileza y hacer mutis.

- Galante y risueño, marcha el Capitán
las órdenes suenan con su voz de campana...
como siempre, a la hora de la verdad
las castañas del fuego, las saca Albagrana.
"Atacad", "Retirada", que contradicción,
viene ya el infernal, ¿Cual es la situación?
Mientras piensa y repiensa, con gran desazón,
El Oso ya ha tomado la mejor decisión.
Larga sombra la suya, muy pesadas sus botas
¿Logrará el Duquesito su lugar en la gloria?
Seguirle la corriente nos trae las derrotas
Seguir a Albagrana, nos trae la victoria.
Le pondrán las medallas, le darán los ascensos,
en la Orden su nombre, Samuelson, honrarán,
No sé que veis vosotros, pero yo, lo confieso,
sé que tengo a un Oso como Capitán.

Las risas se alzaron de nuevo y las jarras se levantaron.
- ¡Muy acertado, sí señor! - escupió Grossen, casi ahogándose con la cerveza.
- Si no fuera una canción podrías meterte en un lío por decir esas cosas - replicó Astafirme. Arristan se encogió de hombros y su semblante se tiñó de orgullo.
- Digo lo que pienso. Y lo que pensamos todos. Los bardos nos lo podemos permitir, eso dicen... no te relajes, vaca, tu turno se acerca.

Ivaine se mordió el labio y miró alrededor, descontenta. "Joder... idiotas. No deberíais clamar esas cosas en alto", pensó, cerciorándose. Imaginaba que ninguno de los dos andaría cerca, y estaba en lo cierto. No había rastro de Theod, ni tampoco de Rodrith. Arqueó la ceja y miró inquisitivamente a Berth, pero el muchacho, cuando respondió a su mirada, no pareció entender muy bien lo que ella quería. Derlen, sin embargo, que permanecía en un discreto rincón, la estaba observando. Se acercó a él en pasos flexibles, y antes de que pudiera abrir la boca, el brujo señaló el piso superior de la posada con un gesto sutil y una media sonrisa.

- ¿Y el Capitán?
- Arriba.
- Me refiero a Theod - aclaró, por si las moscas. Derlen sonrió con ese humor suyo, tan peculiar. 

- También arriba. Fue a buscar a Rodrith y le llamó para hablar. Los dos muy serios.

Ivaine apretó los dientes y se bebió otro trago de cerveza. Los calambres en el brazo estaban volviéndose más violentos y más frecuentes.

- Espiar está muy mal, Harren - le dijo el brujo, mientras ella ascendía las escaleras. Se giró a medias, sonriendo con suficiencia.
- Invocar demonios está peor.

Si, era un poco infantil espiar conversaciones ajenas, pero realmente tenía una necesidad ancestral y primitiva de cotillear de qué demonios estaban hablando aquellos dos. Theod no podía ni ver a Rodrith, bien lo sabía. Y el elfo... bueno, lo toleraba, pero se había guardado muy mucho de extenderse en sus opiniones sobre Samuelson delante de ella. Sin embargo, cuando se encontró con la espalda pegada al muro del piso de arriba, tratando de no hacer ruido, y la oreja pegada a la puerta cerrada, se sintió muy estúpida de nuevo. "Joder, Ivaine... vete a beber y celebrar. A ver si se te olvida el dolor, por lo menos. No deberías estar aquí, ¿qué mierda te importa su conversación?". Estaba a punto de obedecerse a sí misma cuando las palabras de Theod resonaron con firmeza tras el silencio, que era todo cuanto había llegado a los oídos de Ivaine en aquel momento.

- ¿Sabes lo que es esto? - decía la voz de su hermanastro.
Tras una larga pausa, un suspiro y el acento musical y grave del soldado Albagrana, teñida con cierta amargura o dureza.
- Si no he contado mal, son veinte bolsas de oro - Ivaine abrió los ojos como platos - Sólo necesito que me aclaréis, Señor, si se trata de una prima o un soborno.

Un golpe en la mesa, y de nuevo Theod.

- Me... me ofendes. Siempre me ofendes. ¡Me ofendes continuamente! - casi chilló la ultima frase, y luego pareció relajarse el tono. - Solo quiero que te marches.

Ivaine aguantó el aire en los pulmones, consciente de lo que estaba teniendo lugar allí, dentro de aquel despacho. Estaba nerviosa e inquieta, viendo como sus intuiciones tomaban forma en aquella conversación espiada. "A Theod le pesa mucho la presencia de Rodrith", confirmó, reprimiendo un suspiro. "Está asustado. Es como un cachorro midiéndose con un lobo". La pausa silenciosa se prolongó más de la cuenta, luego escuchó el suspiro de nuevo, y la voz bien timbrada, con un tono casi amistoso.

- No quiero marcharme, señor. Y tampoco quiero ofenderos. Disculpadme si lo he hecho con mis actos impulsivos, si habéis sentido que desafiaba vuestra autoridad. No puedo decir que...
- Así es, no puedes decirlo - replicó Theod, más dolido que enfadado. - No puedes decir que no volverá a suceder, porque sucede continuamente. Es... oh, dioses. Es algo natural. Tu... tu siempre sabes qué hacer cuando todo se tuerce.

Ivaine parpadeó. Algo incrédula, pero también conmovida. Escuchaba a su hermanastro, abatido y confesándose al soldado a quien menos soportaba.

- Solo busco lo mejor para todos - respondió el elfo, casi en un murmullo. - No quiero que muera nadie. Solo quiero... no quiero desplazaros, señor.
- Soy yo quien deja el hueco. Sólo lo llenas. - La voz del Capitán sonaba cansada. - Doy lo mejor de mí mismo, pero nunca es suficiente. Siento la presión constante... es...
- No envidio vuestra posición.
- ¿Ah no?
- En absoluto. Yo no quiero ser capitán. No querría serlo por nada del mundo, me gusta ser un soldado. Obedecer órdenes es mucho mas sencillo que darlas. Si a veces lo hago es por mera supervivencia.

Un nuevo silencio. Y cuando Theod volvió a hablar, Ivaine no pudo menos que sentirse muy, muy orgullosa de su hermanastro.

- Si no vas a marcharte, quédate a mi lado. Sé mi lugarteniente y ayúdame.
- No os ofendáis, señor - respondió el sin'dorei, y esta vez había un matiz cálido y con un punto divertido en sus palabras. - Pero es una de las mejores ideas que habéis tenido hasta ahora.
- ¿Eso es un sí?
- Estaré a la altura de vuestra confianza, señor.

No se quedó a escuchar la despedida. Ivaine voló escaleras abajo y se unió de nuevo al grupo de soldados que, ya bastante borrachos, seguía cantando canciones menos comprometedoras. Miró al cielo cuajado de estrellas, con gran confianza, y se permitió una sonrisa más amplia de lo normal. Todo era bastante bueno en aquel momento, y esa sensación no era habitual en alguien como Ivaine. En los últimos tiempos se repetía a menudo, pero siempre tenía que haber algo que lo jodiera todo, claro. En ese caso, un hueso roto. "Podría ser peor", se dijo, por primera vez.

lunes, 4 de enero de 2010

XXII - Vientos de Guerra (II)

Ivaine suspiró y se mordió la lengua, avanzando al paso junto a sus compañeros, con el escudo a la espalda. Boddli, el paladín enano, la miraba de reojo, y le dedicó un guiño de ánimo, al que ella respondió con una sonrisa algo desdeñosa. "Nos van a patear el culo", pensó, sin decirlo en voz alta. El viento gélido del amanecer soplaba intensamente, la blanca neblina encapotaba el cielo e impedía el paso de los rayos del sol, que relumbraba pálido, intentando hacerse un lugar en la mañana. Los doce soldados caminaban, divididos en dos columnas de seis. Theod encabezaba la suya, como no podía ser de otra manera. Arristan, el viejo soldado de barba hirsuta, estaba al mando de la otra. En silencio, con los tintineos de las armaduras y los pasos metálicos ahogados gracias al manto de nieve, se apostaron en el puente, mirando alrededor.


Podía sentir su inquietud. La inquietud y la avidez de sus compañeros, que parecía fluctuar entre ellos. Miró al otro lado, hacia los grupos de demonios que se movían entre las colinas nevadas.


- Están hambrientos - dijo Theod, volviéndose hacia ellos. El yelmo con el que se cubría dejaba escapar los rizos castaños, su mirada cálida brillaba con determinación. - No esperan un ataque frontal, de hecho, no esperan ninguna clase de ataque. Caeremos sobre ellos tras cruzar el puente. La facción de Arristan por la derecha, nosotros por la izquierda. ¿Entendido?


Ivaine miró fijamente a Rodrith, con una advertencia clara en el semblante. "Mantén la boca cerrada", quería decir. El sin'dorei arqueó la ceja y parpadeó con resignación, suspirando, cambiando el peso del mandoble hacia el otro hombro. Aun así, no dijo una palabra. Los breves asentimientos se sucedieron, y los combatientes tomaron posiciones. Ivaine avanzó al frente de la fila, con el escudo por delante, concentrada y apretando los dientes, mientras Boddli hacía otro tanto en el otro grupo.


- A tu orden, capitán - murmuró.
- Provocadles con toda vuestra ira. Que no quiten los ojos de vosotros. - insistió Theod.


Ella asintió con la cabeza, la mirada fija al frente. "Que si, que ya sabemos lo que tenemos que hacer. Vamos, vamos, vamos". En su interior, la tensión palpitante previa al enfrentamiento se arremolinaba, quemándole, lamiéndole las entrañas. El grave silencio y las miradas firmes a su alrededor sólo se rompían por la malévola sonrisa de Helki, el trol que preparaba sus armas, y Rodrith, que se limitaba a permanecer en pie, contemplando a los demonios como si los tuviera delante a diario.


Ivaine no había visto nunca un guardia vil. Eran criaturas enormes y musculosas, con ojos encendidos, hachas descomunales en las manos y cuernos y púas surgiendo de sus cabezas cubiertas por oscuras capuchas. Deambulaban a un lado y a otro, seguidos por aquellos perros infernales con tentáculos y cerdas erizadas hirsutas sobre el lomo. Babeando, movían los palpos en el aire, rastreando posibles presas.


Theod levantó una mano. Los cuerpos se tensaron bajo la brisa tenue, hundidos hasta los tobillos en la nieve. El bramido de su sangre hirviente creció en las venas, y la mano del capitán bajó en un gesto firme, cortante, imperativo.


- ¡Erasus thar'no darador! - Gritó, y su grito se fundió con las voces de los demás, cuando echaron a correr hacia los enemigos.


En cabeza, con la placa de acero ante ella, Ivaine corrió como una pantera, iracunda, primitiva y arrastrada por los resortes de un instinto de guerra que latía en el corazón de todo aquel que, como ella, recordaba que el universo entero es una confrontación y que la batalla es la madre y el padre, la placenta donde todo ser vivo se crea.


- ¡Vamos, cabronazo! ¡Te aplastaré! - rugió, abalanzándose sobre el primer rival, que volvió el rostro y gruñó con una risa seca.


El hacha se movió, y el sonido de los metales restalló en el viento plácido, con los murmullos de las invocaciones y las exclamaciones de los combatientes. Ivaine apuntaló los pies, separados, sobre la nieve, y resistió el primer envite, cuando el filo del hacha golpeó el escudo y lo hizo reverberar, estremeciéndole hasta los mismos huesos.


- ¡Helkareth cael velenor!


Era la voz de Varhys, el mago silencioso a quien apenas se escuchaba nunca hablar, y ahora clamaba a los cielos, haciendo que los meteoros gélidos descendieran y estallaran en torno a los infernales enemigos, que, alertados por su presencia, se dirigían hacia ellos, acechándoles con avidez.


- ¡Cubrid el flanco! - exclamó Theod, interponiendo su martillo ante el ataque de un guardián babeante que se le echaba encima. - ¡Ivaine, Boddli! ¡El flanco!


Ivaine asintió, desesperada, mientras descargaba un golpe violento sobre el demonio que contenía y volvía la mirada hacia el otro, escupiéndole a la cara y descubriéndose un momento para lanzar una estocada hacia su rostro.


- ¡Aquí, hijos de perra! ¡Aquí! - Bramó, exhalando un grito rasgado, desatado, un grito de batalla que la hizo encenderse más cuando golpeó el escudo con la espada y pisó la tierra nevada, impulsándose hacia adelante para derribar al demonio que se acercaba por el lateral con el pavés.


Aguantó, aguantó y aguantó, atrayendo a las bestias hacia sí, tratando de sacárselas de encima a los demás. Diez demonios se habían evaporado ya bajo los hechizos y los ataques de sus compañeros, pero otros tantos se abalanzaban hacia ellos desde el frente. Aun así, el combate les era favorable. Cuando le dio un momento de respiro, se detuvo, revisando el estado de sus camaradas.


Todos vivos, todos en pie. Algunas heridas. Grossen y Esposa estaban terminando con una de las bestias que se debatían entre las cadenas de sombra que Derlen había tendido, concentrado y con los ojos refulgiendo con glauco resplandor. La criatura que permanecía a su lado y cortaba el paso de cualquier enemigo que osara interrumpirle, un demonio negro y púrpura, informe, desprendía una sensación inquietante y emanaba desasosiego, y cuando cruzó la mirada con los ojos vacíos del abisario, una convulsión de rechazo agitó su estómago.


- Esto va bien - murmuró, buscando el rostro severo del sin'dorei. El elfo permanecía en pie, con la espada chorreando sangre verde, observando algo entre la nieve y las lomas donde los enemigos se ocultaban. - Eh, Albagrana.


No obtuvo respuesta. Frunció el ceño y siguió su mirada. Una figura púrpura, rosada, agitaba las alas al otro lado.


- Retirada - murmuró el elfo, con un destello de preocupación en la mirada oceánica. - Retirada, Theod. Están llamando algo. Theod. Capitán.
- ¡Theod! - secundó Ivaine, llamando la atención del líder.


Y el cuerno sonó. Y un sonido estremecedor, como el de las piedras que se desprenden en un derrumbamiento, hizo temblar la tierra, mientras los clarines desafinados, graves y tenebrosos de la Legión incitaban al combate.


- ¡Retirada! - Gritó Rodrith, empuñando el mandoble, cuando el infernal apareció, envuelto en una nube de fuego verde, avanzando a toda velocidad.
- ¡AL ATAQUE! - Gritó Theod.


Los soldados dudaron. Ivaine se mordió el labio e imploró a los dioses que conocía y a los que no conocía, cuando las miradas del elfo rubio y su hermanastro se cruzaron, retadoras. Pero ya era tarde. El instante de dudar había pasado, y el infernal se les venía encima, flanqueado por seis diablesas que hacían restallar los látigos, revoloteando y trotando hacia la división.


- ¡Al ataque! - volvió a gritar Theod. Y empujó a Ivaine, golpeándola con el plano de la espada hacia el monstruo de piedra y llamas que se precipitaba con grotescos movimientos hacia ellos.


El primer golpe la hizo volver a su posición original, enviándola tres pasos más atrás, los pocos que había logrado recorrer tras el empellón de Theod. El segundo, transportó el dolor desde su brazo destrozado hacia las sienes, haciéndola gritar desesperadamente. El mundo empezó a dar vueltas y creyó que iba a caer, mareada. "Joder, me cago en la puta, joder"


- ¡JODER! - bramó, jadeando. El abrazo cálido de la sanación de Shalia, refrescante a un tiempo, la despejó repentinamente, y las bendiciones de los paladines descendieron sobre los guerreros.


La lucha comenzó a convertirse en un caos. Las súcubos habían atrapado a Boddli bajo su hechizo y le arrastraban lejos del combate, Varhys estaba en apuros y Arristan trataba de suplir al paladín enano lo mejor que podía, utilizando el escudo que rara vez usaba.


Ivaine miró de reojo a Theod, mientras las flechas silbaban y los golpes del acero resonaban sobre el crujido de la piedra del infernal. Se estaba abrasando y le dolía todo. Esperaba alguna orden, algo, antes de que el caos convirtiera aquel ataque en derrota y muerte. Pero Theod sólo combatía, tratando se sacarse a las súcubos de encima, mirando alrededor con obvia confusión.


- ¡Retrodeced! ¡Les llevamos hacia el puente! ¡Vamos! - retumbó una voz poderosa. - ¡Al puente, ahora! ¡Mantenedles sobre nosotros! ¡Paladines, luz a los demonios, que les joda lo suficiente para cabrearse!


Los soldados recularon. Martillos de oro y luz se materializaron sobre los enemigos, el tintineo de las campanillas broncíneas y el arrullo familiar de la energía sagrada sonó de fondo tras el estallido de las llamas y los rugidos de los guardias viles, el restallido de los látigos y los gemidos de las súcubos.


Ivaine reculó, dando un traspiés, y el brazo poderoso que la sostuvo casi por casualidad cuando se vio a punto de perder el equilibrio desprendía un calor familiar. Se recompuso al momento y continuó su camino, volviéndose un momento con toda naturalidad para destrozarle la cara con el escudo a la puta del abismo que había enredado su látigo en el brazo de Albagrana.


- A la mierda contigo, zorra - exclamó, escupiéndola desde lejos.


Rodrith inclinó levemente la cabeza en agradecimiento y se puso en cabeza en cuatro zancadas, lanzando órdenes con voz vibrante, con el convencimiento, la seguridad y ese toque de frialdad propios de un líder que sabe exactamente lo que está haciendo.


- Aguantad aquí, hasta que estén todos. - clamaba, sin dejar de soltar mandoblazos a los demonios. - Arristan, deja a ése, Derlen, lanza el abisario y sácaselo de encima. Hetmar, trampas de hielo. Ventisca, Varhys. Paladines, listos a mi señal, los demás, mantened el fuego sobre el infernal. Aguántalo, Harren.
- Me cago en los dioses, derribadlo YA - chilló ella, cuando de nuevo la enorme mole de piedra casi la tira al suelo.


El estrecho puente mantenía el peso de la hueste infernal, mientras los soldados intentaban hacerles frente con todo su coraje. Sin embargo, de algún modo la batalla se había vuelto más sencilla. El paso angosto no permitía que mas de dos enemigos les hicieran frente a la vez, y la enorme mole invocada de piedra y llamas ocupaba casi todo el espacio. La mayoría de los demonios permanecían empujándose, intentando abrirse paso sin éxito. Ivaine miró de reojo a Rodrith. Vio la espada descender y destrozar de un tajo a otra diablesa, mientras la Luz se arremolinaba en su mano derecha, y volvía la vista hacia Boddli y Theod. Y cuando gritó la última orden, hasta el Capitán oficial de la división octava obedeció casi por impulso.


- ¡Cólera sagrada!


La Luz destelló con virulencia, invocada al unísono por sus valedores, y los haces dorados golpearon alrededor a los demonios, que quedaron inmóviles, tambaleándose, cegados por aquel fogonazo de magia sagrada.


- ¡Empujadles, ahora! ¡Al abismo con ellos, YA!


Con un grito unánime, la división octava se abalanzó sobre los viles, arrojándolos a ambos lados del puente. Más abajo, los enormes gigantes de piedra vieron llover los demonios sobre ellos, y con la indolencia propia de las criaturas milenarias, aplastaron con sus pies de roca, hielo y cristal, a los soldados de la Legión Ardiente que no lograron escapar en estampida.


Ivaine no pudo evitar una risilla débil, sosteniéndose en el escudo. La visión se le emborronó y el dolor lacerante en el brazo amenazó con hacerle perder la consciencia, cuando los brazos fuertes la sostuvieron. Se apoyó en el pecho cubierto de acero, tambaleándose, y dejó caer la rodela al suelo, apretando los dientes. A su alrededor, los vítores y los gritos de triunfo de sus compañeros sonaban casi lejanos.


- Lo has hecho muy bien. Nos has llevado a la victoria - murmuró, dolorida.
- El mérito es vuestro.


Sintió un acceso de asco al escuchar la voz de Theod y reconocer el abrazo no deseado que la estrechaba. Se tensó de inmediato y trató de revolverse, pero el cuerpo ya no le respondía. "Serás cabrón", pensó para sí, buscando con la mirada al soldado sin'dorei.


Sus miradas se cruzaron un instante. Rodrith estaba de pie en el centro del puente, con la espada apoyada en el suelo y la indiferencia pintada en el rostro mientras la contemplaba en brazos de Samuelson. Se sintió sucia y al mismo tiempo irritada por su frialdad, furiosa, agotada y confundida. Quiso hacerle algún gesto, una señal, decir algo, pero sólo pudo abrir los ojos como platos cuando sintió los labios de su hermanastro sobre los suyos, y los ojos del elfo se apartaron de ella, volviéndose hacia el resto de la división y dándole la espalda.